De la teoría a la práctica

Breve relato del libro Divertimentos.

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Más por obstinación que por demiurgia o destino, Strada decide que la pecera que acaba de comprar en la tienda de animales de la feria de Santa Catalina merece mejor suerte que la de enjaular peces bobos, piedritas y algas menores, y ya el buen hombre, mientras desplaza los muebles del living como si fuera a hacer una fogata en el centro, está diciéndole a su señora vas a ver lo que puede la paciencia, vieja, vos creeme.

Imposible saber cómo un tipo como él logró conseguir una ameba, ni de dónde sacó la idea de vincular evolución con ondas electromagnéticas, pero ignorando la cara de resignación de su mujer procede a emplazar la pecera en el centro del living y a rodearla de los doce microondas que le enviaron la tarde anterior, motivo de insomnio de su señora, que apenas piensa que Strada no puede ir más lejos en sus fantasías se entera de la nueva-gran-idea que los va a sacar del pozo en el que viven.

Enchufados los microondas, colocada la ameba en el centro de la pecera, Strada se sienta en el sillón, satisfecho, descorcha un vino y brinda a la salud del unicelular. Vieja, a la gente lo que le falta es perseverancia, le dice a su señora. Nosotros vamos a lograr el eslabón perdido, vas a ver. Y ahí la juntamos con pala. Vos decís, pregunta ella mirando la pecera, que le parece vacía. Strada, sirviéndose el segundo vaso afirma con la cabeza y enciende los microondas (que modificó para que funcionen con la puerta abierta). Ocho horas todos los días, dice, no puede fallar. Los encendemos antes de irnos a dormir y los apagamos al levantarnos. La Nasa, el Louvre, la CIA, la CNN, todos van a querer el eslabón perdido, todos. Millonarios.

Por lo demás Strada continúa con su vida normal, se levanta temprano, se ducha, va al trabajo, se amarga con un cliente que se fue sin pagar (Strada es mozo en un bar por la zona de Río Pintado), opina de fútbol, de la crisis, de los políticos siempre corruptos, de los inmigrantes, de lo gris que es el invierno ahí, y procede a cobrar pues termina su turno y no ve la hora de llegar a su casa para verificar el estado de avance de su experimento.

Los primeros dos años son los más difíciles porque no sucede nada extraordinario y él no cuenta con los elementos como para comprobar que la ameba sigue ahí. A esa angustia se le suma el aumento de la cuenta de electricidad y algunos vecinos del edificio que se quejan del ruido causado por los microondas. Una noche le cae una inspección policial, sí, por aquí señor agente, pase, tal vez el ruido provenga de los microondas que ven ahí. Luego de la explicación detallada, los agentes del orden se retiran en silencio pero mirando a la esposa de Strada con algo que no se sabrá nunca si fue piedad o espanto. Días más tarde, su señora le dice que debió mentir groseramente en la peluquería para explicar el patrullero en la puerta de la casa, así que mejor empiece a pensar en otra cosa porque el fin de semana próximo vende la pecera y los microondas y no pongas esa cara porque hace dos años ya.

Strada no cree en la suerte, suele decirse que todo es cuestión de método y constancia, pero esa misma noche lo despierta un chasquido tremendo. Pensando en un microondas quemado, va hasta el living y contempla estupefacto la primera mutación. Tenemos un alga, grita, fijate un poco, vieja, vení, vení, un alga. Strada salta, baila, llora, abre la ventana y grita victoria, victoria, victoria. Dos vecinos abren también la ventana y le recuerdan a su familia entera. Su señora lo abraza, lloran juntos, se quedan una hora y media de pie mirando el alga sin decir nada.

Con no poca picardía rioplatense, Strada decide instalar una cámara Web que emitirá sin interrupción el proceso evolutivo. Su primer vídeo de promoción en YouTube es un éxito tan grande que su sitio Web recibe más de un millón de visitas en la primera semana. Strada calcula lo que ganaría si integra publicidad contextual y se imagina repetidamente el discurso de renuncia —virulento, altanero— que le dará a su jefe. Su señora, que renovó a crédito guardarropa y electrodomésticos diversos, duda si las próximas vacaciones serán en el Caribe o en las Cataratas del Niágara. Durante la semana de gloria mediática, su sitio es citado por revistas y varios programas de televisión, pero el mundo científico ni se mosquea y el interés de la gente pronto se desplaza hacia el video de un niño de Ulán Bator que sopla con la nariz tapada y despide por los oídos un aire que le mueve el pelo. Inútil que Strada, meses después, publique un vídeo en el que se ve cómo de manera espontánea y generando un chasquido impresionante el alga se convierte en un renacuajo: a la gente ya no le importa.

En pocos días el renacuajo es una rana del tamaño de un bulldog. Strada ya ha procedido a tapar la pecera para que la rana no se le escape y con su señora, además de ir levantando penosamente las deudas, persisten en aislarse, salen poco, nunca invitan a nadie, lo cual no les cuesta mucho porque no tienen amigos y la familia es más bien lejana y de pocas palabras. El próximo chasquido viene acompañado de un pollo que los despierta pavorosamente en plena madrugada. Al verlo al borde de la cama, terroso, erguido, inquieto, Strada se dice que una rana es una cosa pero un pollo es casi un compañero y decide llamarlo Adriano, a lo que su señora no se opone porque —piensa sin fisuras— llamar Adriano a un pollo es ridículo pero Adriano es un pollo mutante.

Los meses siguientes son de ansiedad: el eslabón perdido le está costando más de lo imaginado. Una noche, mientras prepara la ración para Adriano, su mujer le pregunta si para llegar más rápido no podría haber empezado metiendo de entrada un mono en la pecera. Primero es la parálisis. Vacío. Duda. Puño que se cierra en torno a la ración que termina como un vómito contra la ventana de la cocina. Adriano —que suele andar suelto por la casa— se trepa a la mesada para comer. Strada se encierra en el baño. Insulta. Se trata de todos los nombres posibles hasta que los vecinos golpean las paredes. No lo tomes así, le dice su mujer, salí del baño, era sólo una idea. A la mañana siguiente sale del baño convencido de que empezar por un mono no habría funcionado porque lo importante en la evolución es el impulso. Pero tiene una duda aún peor: no sabe si llegará al eslabón perdido o su experimento terminará en ese maldito pollo o, con un poco de suerte, en algún animal que al menos podrá vender a un circo o a un zoológico para terminar de pagar las deudas. Su mujer no sabe qué responderle.

Semanas de insomnio, consulta a enciclopedias en línea, al espejo y a un tarotista de la vuelta de su casa quien no se pronuncia sobre la evolución porque tiene la bola de cristal nublada, pero puede afirmarle que lo suyo es mal de amores y arenilla en la vesícula, un té de boldo todas las noches, la ventana abierta para que airee bien la pieza y asunto arreglado. Temiendo que Adriano se le escape por la ventana, Strada decide no hacer caso al tarotista y continúa sin dormir bien durante dos semanas más. En el trabajo es un gran problema, sirve tres cafés en lugar de un sándwich, cobra de menos, vuelca ensaladas encima de los clientes y hasta rompe algún plato, que le es descontado del sueldo pero eso es lo de menos porque sin demasiada ceremonia lo terminan echando como a un perro.

Una mañana, vegetando por la casa llena de guano, siente el golpe de péndulo y mientras se afeita se dice solemnemente al espejo que lo importante no es recorrer todos los caminos sino que uno lleve al objetivo. Y Dios nos libre de extinción, concluye temeroso.

La perseverancia paga, es un hecho. Un día Adriano chasquido adiós y de golpe un mono. Cena con velas porque, es fija, dentro de poco llega el eslabón perdido. La alegría dura un suspiro. El simio, al que deciden no ponerle nombre para no encariñarse, les rompe todo, chilla como un descosido, obliga a Strada a aislar sonoramente las paredes, los techos y los pisos porque los vecinos lo han amenazado de muerte. Para la tarea elige almohadones de segunda mano que negoció a cambio de la pecera en la feria de Santa Catalina. Moverse por la casa tiene algo muy infantil y Strada se divierte como un chico jugando con el primate. Tan entretenido está que no se da cuenta del estado de su mujer, que vuelve una tarde de visitar a la hermana y le comunica que se va de la casa. Strada la trata de loca, le habla de los progresos del simio —que ha crecido muy rápido y ya chapucea algunas palabras—, le dice que en poco tiempo se terminan los problemas, que todo lo hizo por los dos, se resigna a la evidencia.

Cuando la jueza lee los motivos de divorcio redactados por el abogado de la mujer de Strada, tiene que morderse los labios para no reírse. La audiencia de divorcio es larga y no exenta de ironías, y como si no fuera suficiente, al volver a su casa Strada no encuentra al futuro eslabón perdido sino que —sus insultos parecen sostenerse infinitamente— se encuentra con un adolescente tirado en el sillón —mal vestido, masticando chicle, cerveza en la mano— quien, ejerciendo el oficio que nos distingue de los simios, le dice che, viejo, dame plata que me quedé sin puchos.