Cuando en tierras extrañas miro triste

Bueno, ocurre otra cosa: yo estaba en el año sesenta y uno en Austin, Texas –un territorio que yo quiero mucho– y había un señor paraguayo. Y me hizo oír unos tangos. Yo estaba avergonzado, se llamaban A media luz, La cumparsita, no recuerdo los otros… Y pensé: qué horror, voy a tener que simular que me gustan y a mí me parecen una vergüenza. Luego me di cuenta de que estaba llorando. Es decir que mi cuerpo lo sentía de otro modo.

Imposible contarlo de mejor manera. Pero eso ya lo sabés, vos que también pernoctás bajo este cielo que no es el cielo de tu tierra, vos sabés muy bien por qué recluido en el baño luego de una reunión con un potencial cliente, Herr Doktor evocó, durante cinco minutos que le parecieron un desahogo eterno, esta confesión que Borges le hace a Carrizo en sus memorables Conversaciones.

Es así y ya lo cantaba la épica en noches remotas. Está el momento en que el fiel falla y la balanza se te va al quinto carajo, instantes en los que una foto o un perfume, sea de monte o de calle empedrada, pesan más que las frutas y la mirra que has ido acumulando en tu plato cotidiano. Poco importa que luego te recuperes, que le digas al día y al espejo que la vida es el mundo y que –como es sabido– sigue andando, así que mejor volver a la oficina porque tenés una lista obscena de pendientes. Poco importa porque luego, preferentemente de madrugada y a solas con un oporto o un Saint-Émilion, cuando la vida se hace carne, los otros pendientes, los que realmente importan, aparecen de nuevo y te empieza a importar que esta luna no brille como aquella, la que de noche blanca corría pero hace años no ves más.

Todo empezó de mañana con la curiosidad casi infantil de algunos compañeros de trabajo, ¿música popular uruguaya?, ¿no es igual que en Cuba?, ¿es como Shakira?, cosas así. Herr Doktor se propuso, con mucho gusto porque una cosa es el destierro y otra la estupidez, establecer un compilado más o menos decente. En el mensaje enviado se vio disculpándose de un repertorio a la Prévert, hablando de milongas, gatos, bagualas y chamarras, payadas, vidalitas y zambas, mencionando la murga y confesando su poco amor por ella. Hubo una breve historia de mestizajes, del esclavismo, y, a falta de ejemplo concreto, hubo hasta Clara de NTVG y Negra murguera de la Bersuit. Quiso explicar más pero temió la enciclopedia inútil. Se limitó a mencionar algunos artistas, colocando a Zitarrosa al frente, por mejor, por poeta, por su voz, por sus arreglos de cuerdas y los sinfónicos también. Y, como de costumbre, Herr Doktor terminó hablando de las dictaduras, del exilio, de un sufrimiento que duda puedan siquiera evocar.

Y luego la piedra ahí mismo, todo el día el bloque en el estómago, en el pecho, sube y baja, en cada correo, cada intercambio, pregunta o respuesta o chiste, el almuerzo obligado y la reunión con el potencial cliente. La piedra incrustada, salvaje, mientras el hombre le habla de costos y beneficios y ventajas fiscales y él oye al Pepe Guerra que le canta al oído, cuando en tierras extrañas miro triste, pero poco puede hacer, todo obliga a la cabeza en alto, a la percha empresarial, el hombre le plantea escenarios diferentes y él sabe que tiene que dar una respuesta en cada caso, y lo hace y lo hace bien, además, sonriendo con la piedra ahí mismo, dibujando con las manos mientras la piedra se mueve, mientras el Pepe Guerra sigue cantando, mirando triste la lejanía azul del horizonte, y Herr Doktor siente al mismo tiempo que el hombre, pese a ser un perfecto monigote, se va transformando en un cliente mientras la voz del Pepe Guerra ablanda el bloque poco a poco, otros vagan sin consuelo por el mundo, ya la piedra, porosa y blanda, duele menos, diez minutos más y la reunión por suerte termina y ya puede ir al baño tranquilo a acordarse de las confesiones de Borges, a tratarse de cualquier cosa frente a un espejo que ha conocido tiempos mejores, a recordarse –como si hiciera falta– que la única certeza que no conoce distancias es el lento lamido de la sombra, lo cual lo conforma muy poco pero ahora no importa porque tiene que volver a la oficina, a los pendientes, a eso que unos pocos optimistas llaman vida.