Wokabi

Relato perteneciente al libro Voces.

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Alrededor del 40% de los 300.000 menores soldados que existen en el mundo son niñas.

AMNISTÍA INTERNACIONAL

Antes de que todos me conocieran como Machete Rojo mi nombre era Wokabi. Hace más de seis años, cuando mis padres todavía vivían y mis cinco hermanos me dejaban acompañarlos a jugar al fútbol, en casa y en la aldea me llamaban Wokabi. Ve al pozo a buscar agua, Wokabi, me decía mi madre cuando cocinaba. Roba unos tomates del plantío del señor Ngaruye, Wokabi, pero que no te vea nadie ni te secuestren los rebeldes, que ya es de noche. Yo siempre obedecía, como todas las niñas bien educadas.

Ahora que tengo veinte años me gusta soñar que de nuevo me llamo Wokabi. Los blancos dicen que no hay diferencias entre hutus y tutsis pero no tienen razón. Los abazungu se equivocan cuando hablan de nosotros: puedo sentir el olor de un tutsi a un kilómetro de distancia. El señor Ngaruye, por ejemplo, era un tutsi. Cada vez que iba a su plantío, sabía por el olor si tenía que tener cuidado o podía robarle tranquila.

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Con la mandioca aprendí a usar el machete de mi hermano mayor Watende. A los nueve años no tenía la fuerza que tengo ahora. Más de una vez tuve miedo de lastimarme. Mi madre siempre decía que cortar la raíz de un solo golpe trae buena suerte. Yo nunca tuve mucha suerte. La hoja del machete tenía grabada una frase pero yo no sabía leer. Nunca fui a la escuela. Recién ahora estoy aprendiendo a leer y escribir. En el campamento, hace años, Sisé me dijo que era inglés y que quería decir que fue fabricado en China. Yo no hablo inglés, tampoco muy bien el francés, el kirundi siempre fue suficiente. En China. Ni siquiera fabricamos las armas con las que nos matamos.

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Fue de noche. Cuando vinieron, dormíamos los ocho. Me despertó el ruido de la puerta derribada. Después vinieron los gritos, oí dos disparos, mamá comenzó a llorar y a pedir que no la mataran. Hubo tres disparos más y un silencio que me pareció eterno. Después entraron en nuestro cuarto. Sólo dejaron vivo a Watende. Me obligaron a ver cómo mataban a mis otros hermanos, uno por uno. Según los rebeldes, mis tres hermanos eran colaboradores del ejército. Nos dijeron que nos iban a hacer lo mismo si no íbamos con ellos. Gritaban mucho, nos empujaban, nos pegaban sin ningún motivo. Registraron toda la casa, se llevaron la ropa, los pocos francos que papá tenía escondidos dentro de una vasija. Les interesaba mucho la ropa, toda la ropa. Fue la primera vez que vi a papá desnudo. Querían saber si teníamos armas en algún lado. Watende y yo decíamos la verdad pero ellos no querían creernos, les parecía que sólo un machete no era suficiente. Me preguntaron mi edad. Les dije que tenía trece años. Creo que les gustó. Watende dijo que él tenía veintidós. Le gritaron que a él nadie le había preguntado nada y lo tumbaron de un culatazo.

Nos subieron a un camión y nos llevaron a un campamento en el bosque. Me pareció que el viaje no iba a terminar nunca. Era la época de las lluvias. Hacía mucho frío. Durante el camino, el comandante nos dijo que a partir de ese momento éramos parte de las Fuerzas Nacionales de Liberación Palipehutu. No había emoción en su voz. Tampoco era una orden. Era lo más parecido a uno de los trámites que he tenido que hacer últimamente. Ni siquiera hoy entiendo algo de política. Dicen que todo cambió desde que tenemos un presidente hutu. Yo sigo viendo tierra roja, vegetación y hambre, como cuando era niña. Sigo viendo los rebeldes salvajes, el ejército criminal, los abazungu como hormigas perdidas intentando ayudarnos.

Cuando llegamos, el comandante me señaló y les dijo a los demás que nadie me pusiera una mano encima, nunca. Después me cargó en su hombro y me llevó a su tienda. No fue mi primera vez. Cuando tenía diez años, el señor Ngaruye me descubrió mientras robaba fruta de noche. Aunque tenía más de cuarenta años corría más rápido que yo. Me arrastró del pelo, de vuelta al plantío. El techo del galpón tenía un agujero por el que se veía la luna llena. Mi padre nunca quiso denunciarlo, el señor Ngaruye tenía un primo que trabajaba en la policía. Llegaron a un acuerdo con la ayuda de los Bashingantahe. Nunca supe cuánto valió mi virginidad pero supongo que papá se gastó los francos en cerveza. A mí me dio una paliza. Para que no vuelva a suceder, me dijo.

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Al otro día de nuestra llegada al campamento, de tarde, Watende intentó atacar a uno de los soldados. Al menos eso me dijeron, yo dormía en la tienda del comandante. Me hicieron salir, me dieron una botella de vino de banano y me obligaron a tomar. Nunca había probado. Era asqueroso. Watende estaba en el piso, atado. Sangraba. El comandante me ordenó que siguiera tomando vino. Comenzó a decirme que a los traidores como mi hermano no se les puede tener piedad en una guerra. Yo no quería demasiado a Watende. Cuando se enteró de lo que me había pasado con el señor Ngaruye, cambió conmigo, me miraba con desprecio, nunca volvió a ser el mismo. Una noche que fui a robarle tomates al señor Ngaruye, Watende me siguió. Los abazungu hablan de casualidades. Yo sé que es una maldición que me persigue: Watende me violó en el mismo galpón que el señor Ngaruye. El agujero seguía en el techo pero esa noche no había luna. En casa no dije nada, después de lo de los Bashingantahe y la paliza de mi padre no valía la pena hacer nada. No lo volví a querer igual pero tampoco quería matarlo. Mucho menos con su propio machete deshaciéndolo, salpicándome la cara de sangre. Nunca olvidaré su mirada. Todavía tengo pesadillas en las que Watende me mira y me pregunta por qué.

El comandante les decía a los otros que eso les pasaba a los traidores. Los soldados gritaban, me alentaban a matar a mi hermano. Yo sabía que lo que estaba en juego era mi vida, Watende ya estaba muerto antes de que yo empuñara el machete. Desde ese día nunca quise limpiarlo. Por eso me llamaban Machete Rojo. La sangre se le iba amontonando como si fuera piel. Yo creía que los espíritus de quienes había matado con el machete se quedarían cerca de su sangre, a mis órdenes. Creo que en parte la droga me hacía estar segura de eso. Los abazungu no creen en los espíritus porque no pueden verlos. Aquí la gente rica se va a vivir a las montañas porque en los valles se puede oír a los espíritus bailando tristes entre los árboles, implorando piedad.

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Después de matar a Watende estuve enferma durante semanas. No quería comer. Pensé en escaparme pero no sabía adónde ir. Todo lo que nos habían dicho mis padres era que vivíamos cerca de la ciudad de Ngozi y que nuestro país se llamaba Burundi. Intenté colgarme pero até mal la cuerda porque estaba demasiado borracha: el comandante había ordenado que me mantuvieran encerrada en su tienda y me dieran vino de banano para tranquilizarme. Cuando se enteró de que intenté matarme, vino enfurecido a la tienda. Me arrastró fuera, para que nos viera todo el mundo. Puso mi mano izquierda sobre el tronco de un árbol caído y con su machete me cortó el dedo meñique. ¿Quieres morir ahora?, me preguntó. ¿Quieres morir ahora? Recuerdo que yo gritaba por el dolor, todo daba vueltas, estaba muy borracha. Llorando, dije que no. El comandante ordenó que me curaran y les dijo a los otros que aprendieran lo que les pasaba a los cobardes. Las semanas siguientes, por la noche me ataban las manos a la espalda. Temían que me escapara o volviera a intentar matarme. Era imposible dormir de esa manera.

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Mis recuerdos son vívidos pero a veces no puedo situarlos en el tiempo. De pocas cosas estoy segura. Sé que hacía poco tiempo que vivía en el campamento cuando se escaparon tres niños. Tendrían más o menos mi edad. Días más tarde los volvieron a capturar. Los llevaron al campamento y nos llamaron a todos. Nos obligaron a ver cómo los ataban a un poste y los quemaban vivos. El comandante nos repetía que lo mismo nos iba a suceder si intentábamos escapar, que teníamos que aprender lo que significa estar en guerra y luchar por la buena causa.

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La droga ayuda a sobrevivir. Era menos duro ir al frente drogada: no sólo no me importaba matar, tampoco me importaba morir. Empecé con la cocaína. Me sentía invencible. Matar después de haber tomado cocaína es fácil. Un día el comandante me mostró cómo la cortaba con pólvora para hacer brown-brown y me enseñó a esnifarlo. Era mucho mejor. La pólvora se olía, quemaba la nariz, me impresionaba el poder que sentía después de tomar un poco. Me pasaba muchas horas despierta, a veces días. El brown-brown me ayudaba también a soportar mejor acostarme con el comandante. Jamás me gustaron los hombres.

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Recuerdo con claridad el primer combate. Maté a tres. Al principio contaba los hombres que llevaba muertos. Conté los doce primeros. Después ya no conté más. Una noche Mutoni me confesó que al principio contaba sus reglas. Un día se olvidó, ya no le importaba. A mí me pasó lo mismo, después de doce muertos, contar ya no tenía sentido. El comandante nos reunió para explicarnos el ataque. La organización era muy mala. Pronto entendí que lo mejor era no hacer preguntas. Lo único que parecía importarle al comandante era matar a los tutsis del ejército y aprovisionarnos. Hay que matar sin piedad a los cerdos colaboradores del ejército, gritaba.

Esa noche todo fue más fácil de lo que me había imaginado. Supongo que el brown-brown hizo que fuera así. Quemamos casas. Robamos cuanto pudimos. Reclutamos siete niños. Además de conseguir el primer par de zapatos de mi vida, maté tres tutsis. Dos con ametralladora. El tercero a machetazos, después de que los soldados lo ataran. El comandante me pidió que lo matase con el machete. Me dijo que quería ver de qué estaba hecha. Todos me alentaban. También estaban drogados. Me di cuenta de que la ametralladora me gustaba menos que el machete. Me da vergüenza pensarlo ahora, pero en ese momento, por primera vez me sentía respetada, al mismo nivel que los hombres. Cuando iba a misa de niña, nos decían que matar es un pecado. Cuando estaba en el frente me repetía que dejarse matar también es un pecado.

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Recuerdo el día en que Mutoni y Sisé vinieron. Habíamos ido a reclutar gente y aprovisionarnos a la ciudad de Muyinga, que quedaba cerca del campamento. Fue una noche muy buena. Cuando volvimos al campamento, fue el momento de la prueba. Para el comandante la prueba era un ritual. Nunca sabré si lo hacía para probar a la gente o porque lo disfrutaba. Tal vez por ambas cosas. El comandante señaló una prisionera que estaba muy débil y ordenó que la prendieran fuego. Al comandante le gustaba mucho el fuego. Cuando en el suelo ya casi no se movía, el comandante ordenó a Sisé y otros dos niños nuevos que la orinaran. Muchos de nosotros, la mayoría drogados, mirábamos y alentábamos. Al principio no quisieron pero el comandante dijo que si no lo hacían, ellos eran los siguientes. La orinaron. Y luego, como seguía viva, el comandante ordenó a Mutoni que le disparara en la cabeza. Ella no dudó en ningún momento pero las manos le temblaban. El primer disparo dio contra la tierra roja. El segundo en el hombro derecho de la mujer, que no reaccionó. El tercero fue el definitivo.

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Durante un buen tiempo no tuve la menor idea de por qué mataba. El comandante nos reunía al atardecer, nos decía que íbamos a liberar al pueblo de la mugre tutsi, que éramos héroes y que teníamos que ganar la guerra porque era la única manera de honrar a nuestros antepasados. Un día me convencí de que era así. No sé por qué pero después me sentí más tranquila. Hoy sé que la única guerra que hubo para mí fue la de la supervivencia. Pero en esos años cargué con orgullo la bandera. Al atardecer, mientras comíamos, el comandante se paseaba entre nosotros y nos explicaba su significado. El rojo es por el sufrimiento del pueblo de Burundi a mano de los tutsi, decía. El arco y la flecha simbolizan la lucha por la libertad. La azada y el martillo, el desarrollo de la agricultura y la industria. El comandante insistía mucho con el color verde. Repetía que simbolizaba la paz, la justicia y la democracia que lograríamos en Burundi. Éramos héroes, nuestro destino era ganar la guerra. Lo que más me hacía creer en el comandante (además de la droga, el miedo a morir y no saber adónde ir si un día me escapaba) era que en la aldea odiábamos a la policía y los militares. En más de una ocasión abusaron de niños vecinos. Detenían a cualquiera sin dar explicaciones, lo desaparecían durante semanas. Cuando volvía a la aldea no era el mismo. Y no por las heridas físicas. Hablo de su espíritu: estaba contaminado.

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Recuerdo que un atardecer llegó un muzungu misterioso. Muy gordo. Vestía un traje. El comandante lo trató de una manera en que nunca había tratado a nadie. Nos llamó a Mutoni y a mí. Luego llamó a dos muchachas más. Nos dijo que teníamos que darle una recepción a un amigo suyo muy especial. La noche fue larga. Hubo comida que yo nunca había probado. Lo único agradable fue ver a Mutoni desnuda. Sisé dijo que el gordo era quien le conseguía las armas y la droga al comandante. Nunca pude comprobarlo, pero no me extrañaría. Aunque era un muzungu, no pidió mosquitero. Ya tendría malaria.

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Lo que más quería cuando niña era tener una bicicleta. Papá me decía que era muy cara. Mamá me regañaba: una niña no debe andar en bicicleta. Una noche atacamos una aldea, no recuerdo el nombre. Tuve que convencer al comandante para que me dejara llevarme la bicicleta de una familia de tutsis. La usamos un buen tiempo con Mutoni. Sentía algo que se parecía a la infancia. Otro recuerdo feliz es de cuando festejamos mi cumpleaños. Al atardecer, fuimos Sisé, Mutoni, el comandante y yo a Muyinga como civiles. Lo único bueno de ser una de las mujeres del comandante era que a veces podía convencerlo. Nunca insistí demasiado. Siempre supe que me mataría por cualquier motivo si le daba la gana.

Nos sentamos a comer en un bar. Nos trajeron bancos para apoyar las bandejas, las cervezas Primus y los refrescos. Pedimos sambusa y pescado. Fue una noche de fiesta. Alguien nos dijo que en el centro habría tambores más tarde. Yo quería ir a escucharlos, ver a los Batimbo danzar en círculos. El comandante dijo que era demasiado peligroso. Volvimos al campamento.

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A veces no era fácil cumplir con las órdenes del comandante, tenía que golpear con el machete varias veces hasta que la cabeza se desprendiera del cuerpo. Luego rodaba por el suelo, se oían gritos, había sangre por todos lados. ¡Machete Rojo! ¡Machete Rojo! ¡Machete Rojo! No sé si me alentaban o era su manera de disfrutarlo. Para ese entonces yo ya no sentía nada especial. Sólo una vez creí que no podría. Era un viejo, estaba arrodillado. Nunca había visto llorar a un hombre tan mayor. Me hizo recordar a mi abuelo, ya muerto. Si no hubiera estado drogada no habría podido matarlo y sé que el comandante le habría pedido a Mutoni o Sisé que lo hiciera en mi lugar, y que después me matara a mí. Sisé no habría tenido problema en matarme. Sin conseguir dormirme, me pregunté muchas veces si Mutoni le habría hecho caso al comandante o preferiría morir conmigo. Es difícil hablar de amor en el frente. Supongo que Mutoni también me habría descuartizado a machetazos si el comandante se lo hubiera ordenado. No la culpo, después de un poco de brown-brown yo habría hecho lo mismo con ella.

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Los abazungu hablan de los grandes lagos. La señora Kodzwa, del Centro en el que estoy ahora, es una muzungukazi. Me dice que los lagos son hermosos, llenos de vida, que ya los veré. Todo lo que he conocido es tierra roja, mucho verde y hambre. En el campamento, Sisé nos contó que una vez fue al lago Tanganica. Dijo que vio pescadores con redes y piraguas, que a la noche capturaban el dagaa con antorchas y lusengas. Me desafió a pescar con mi machete. Le dije que no había lagos cerca para mostrarle, pero que ya había pescado con él y era fácil. Mentí. Pero me creyeron. Y decían que por eso era Machete Rojo, porque podía hacer lo que quisiera con mi machete.

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Hay muchas formas de matar. Depende de las ganas, del aburrimiento, del odio. Casi siempre depende de cuánta droga se haya tomado. Una noche pasamos por mi aldea. Para ese entonces ya hacía casi dos años que estaba en el Palipehutu. Le dije al comandante que tenía algo importante que hacer. Me acompañó. Cuando volvimos al campamento até al señor Ngaruye a un árbol para que pasara la noche. Hacía frío. Al otro día me levanté temprano. Fui a verlo. Me rogó piedad en el nombre del Señor. Tenía mucha sed. Temblaba. De un machetazo le corté los dedos de los pies. Sólo para verlo sufrir. Gritó toda la mañana, atado al árbol, con los pies que se le iban llenando de moscas. Se hizo encima como un niño. Me juró que haría cualquier cosa con tal de que lo dejara libre. No recuerdo cuántas veces me pidió disculpas por lo que había sucedido en su galpón. A la noche, afiebrado, me suplicó que lo matara. Preferí una pistola que había robado en Muyinga. Me bastó una bala para darle el gusto. Todos estuvieron pendientes de Machete Rojo ese día. Me respetaban. O me tenían miedo. En el frente la diferencia no importa. Esa noche el comandante me felicitó en su tienda con cincuenta mil francos.

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En los cuatro años y medio que estuve en el Palipehutu no tuve más amigos que Mutoni y Sisé. Es difícil encariñarse cuando la muerte puede llegar en cualquier momento. Cuando íbamos a una zona que no conocíamos, el comandante elegía a un niño de los nuevos, al más menudo, y lo enviaba a reconocer el frente. Así se lo explicaba él, con seriedad, agachándose y apoyándole la mano en un hombro: tu misión es importante, tienes que ir a reconocer el frente para que podamos avanzar sin peligro. Vi demasiados niños explotar en pedazos a causa de las minas. Lo peor era cuando no morían. Pero el comandante nunca los dejó sufriendo en el campo.

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Un día el ejército invadió el campamento. Murieron casi todos. Con Mutoni y Sisé nos escondimos en un pozo camuflado que había en la tienda del comandante. Cuando nos encontraron supimos que nos iban a matar, pero en realidad nos llevaron detenidos. Rumbo al camión vi los cuerpos acribillados de mis compañeros. Parecían muñecos. El brazo derecho del comandante estaba separado de su cuerpo, a un metro de distancia. Nunca más vi mi machete.

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Nos llevaron a la cárcel de Mpimba. No puedo decir si era peor o mejor de lo que habíamos vivido antes. Estábamos con los presos adultos. Había más de veinte personas por celda. Nos duchábamos todos juntos. Muchas noches pensé en el suicidio. Fue entonces que comenzaron las pesadillas. A Sisé lo encontraron muerto una mañana. Los guardias nos dijeron que lo habían ahorcado los otros presos. Da igual creer o no, ya estaba muerto. Un día desapareció Mutoni. Nunca supe lo que sucedió. Nadie me dio explicaciones. Lloré por primera vez en años. Me sorprendió que algo me pudiera poner tan triste. Las pesadillas eran cada vez peores.

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Después de nueve meses de estar presa, me juzgaron. No tenían ninguna prueba salvo haberme encontrado en el campamento. No necesitaban pruebas. Mentí que me habían capturado hacía pocos días. Mentí mi nombre. Mentí mi origen. Mentí por mi vida. Me creyeron.

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Cuando salí de la cárcel dormí en la calle. Volví a mi aldea, pensé que podía vivir en la casa de mis padres. Había otra gente. Los vecinos me insultaban. Me tuve que ir porque si me quedaba terminaría matando a alguien. Sin rumbo, llegué a Gitega. No sabía que hacer. Decidí prostituirme. No sé si fue entonces cuando contraje Sida o fue en la cárcel. También puede haber sido el señor Ngaruye, Watende, el comandante o el amigo especial que vino aquella noche. No es que importe demasiado saberlo, no cambiaría nada. A mis clientes les decía que me llamo Machete Rojo. No me creían. Tampoco les importaba. Ser prostituta no era muy diferente al campamento pero al menos ganaba algo de dinero.

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Una noche se acercó a mí una muzungukazi, la señora Kodzwa. Me señaló varias cicatrices, mi mano sin el dedo meñique, me preguntó si había sido raptada por el ejército o por los rebeldes. La insulté. Me dijo que trabajaba para la UNICEF, que podía ayudarme. Yo estaba drogada y necesitaba dinero. Casi la golpeo para robarle. Ella volvió al otro día. Y al otro. Una noche, aburrida, decidí hablarle.

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Me explicaron que el lugar es un Centro de Transición. Hace cinco meses que estoy acá. Me enseñan a leer y escribir. He mejorado mi francés. El señor Bernardin es un muzungu muy bueno conmigo. Es médico. Me dice que tengo que hacerle caso, que el tratamiento es para el Sida, que si Dios quiere todo va a salir bien. Cuando habla de Dios me dan ganas de llorar. El señor Bernardin me ayudó a dejar la droga.

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Le dije varias veces a la señora Kodzwa que no quería ver a mi abuela. Me llevó de todas formas porque es la única familia que me queda. Hicimos el viaje hasta Kiremba. Aunque estaba preparada para lo que dijo mi abuela, tuve muchas ganas de llorar mientras estaba en su casa.

Cuando una niña vuelve del bosque después de haber sido capturada por los rebeldes no es la misma persona. Mató a inocentes, tuvo relaciones sexuales, es violenta. Tengo miedo por mí. Todos sabemos que puede volver a matar en cualquier momento. Además no se casará. Y si se casa no podré pedir dote, es una vergüenza para la familia. Su madre pensaba que podríamos obtener cinco vacas y diez cabras por ella, que el novio pagaría los vestidos y los trajes, que alquilaría un coche. En las condiciones actuales para obtener algo tendré que discutir mucho y ya estoy vieja, no tengo ganas ni fuerza.

Como a mi padre, a mi abuela también le gusta mucho la cerveza y el vino de banano. Lo único bueno que hizo conmigo fue enseñarme de niña a jugar al mancala. Es una bendición que no me haya aceptado. La señora Kodzwa hizo todo lo posible por convencerla pero es una muzungukazi y no conoce la historia de mi familia. Incluso le dijo que el Centro le daría muchas provisiones durante dieciocho meses. Ni siquiera eso la hizo cambiar de opinión.

No lloré.

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Los políticos dicen ahora que finalmente se ha conseguido la paz pero que hay que mantenerla porque es frágil. La paz, bonita palabra. Llena de cicatrices, como mi cuerpo. No sé qué va a suceder conmigo. Mi salud no es buena. Casi todos los días tengo mareos. A veces la cabeza me duele tanto que quisiera arrancármela. Si me agito demasiado me ahogo. Los abazungu no quieren creer, el señor Bernardin dice que es mi imaginación, que ya se me va a pasar, pero por las noches me despierto sudada y los oigo. También los veo en la oscuridad de la pieza. Brillan, lloran, gritan, me suplican que no los mate. Wokabi, por favor no nos mates, Wokabi. Me hablan de sus hijos, se retuercen en el suelo, no nos mates, Wokabi. A veces quien viene es Watende, mis padres, mis otros hermanos, que me miran con ojos y caras y yo quiero ayudarlos pero no puedo hacer otra cosa, me retuerzo yo también en la cama mientras las otras voces me alientan y, asqueada por el olor a pólvora y sangre, oigo en la oscuridad un solo grito que repite Machete Rojo, Machete Rojo, Machete Rojo…