Adiós, Charlie. Adiós, Charb.

Hommage-a-CharlieParís, centro comercial Italie 2. Para poder ingresar al parking debo, por primera vez en años, mostrar el contenido del baúl del auto. Mientras el hombre descubre sin asombro un coche de bebé, varias bolsas para congelados, el extintor, calculo la distancia que nos separa de la Porte de Vincennes, donde un iluminado sin muchas luces entró ayer a un comercio casher a vengarse de algo perfectamente confuso. Veinte minutos máximo. El vigilante anota algo en su planilla —la matrícula, sin duda—, le agradezco, me agradece con un gesto. No es la primera vez que veo el plan Vigipirate en paranoia máxima. En setiembre de 2001 estaba aquí como pasante. Ya vivía en Francia cuando el 11M o los atentados de Londres en 2005. No es la primera vez pero me toca como nunca.

Porte de Vincennes, una amiga de Sabrina vive allí; durante un año trabajé en la zona. En Montrouge, donde el mismo iluminado asesinó por la espalda a una policía municipal, hay comercios que solíamos frecuentar. La sede de Charlie Hebdo en el undécimo distrito: no ha pasado una semana desde que estuvimos con un amigo recorriendo esas callejuelas. Todavía estoy, como tantos aquí en Francia, profundamente triste y apenas emergiendo del shock. Pienso, entre tantas cosas, en el flaco Charb, de quien admiraba el estilo, siempre conciso y melancólico, esa manera de reclamar sin pretensiones el derecho a la sátira, franco pese a las fatuas lanzadas en su contra. En una entrevista de 2011, luego de que incendiaran la sede de Charlie Hebdo en otro atentado, Charb decía que era consciente de que sus caricaturas pudieran ofender a ciertas personas, y agregaba: yo también me siento ofendido por las religiones y sin embargo no voy a una iglesia, una mezquita, una sinagoga, a quemarlos vivos. Nunca tuve la oportunidad de conocerlo personalmente pero mi tristeza es proporcional al cariño y simpatía que siento por él. No hace falta haberlo conocido en persona para sentirse así:  vi gente en puntos improbables del planeta llorando también como niños.

Tampoco puedo dejar de pensar en Cabu, caricaturista notable, loco por el jazz, padre del gran Mano Solo, cuyo Au creux de ton bras escucho ahora mismo. Le preguntaron tiempo atrás si se podía reír de las religiones, de dios, de todo. Cabú respondió: sí porque lo sagrado que nos imponen es su sagrado pero no es necesariamente mi sagrado, tienen que aceptar también que yo tengo derecho de criticar las religiones como cualquier ideología. A estas personas, me digo sin conseguir todavía creerlo, las asesinaron por caricaturar a un profeta. Alguna vez estornudé y un amigo me deseó salud en árabe; luego me explicó lo que significaba: agradecer a Alá por haberte devuelvo el alma al cuerpo. Le respondí que, en tanto deidad suprema, había que ser un condenado hijo de puta para no devolverte el alma por un estornudo. Anass sonrió meneando la cabeza, sin respuesta. Recuerdo eso ahora y me digo que, en tanto profeta, hay que ser muy débil para no soportar una caricatura; pienso en mis amigos musulmanes, en su mayoría magrebíes, que sienten ahora vergüenza de ser musulmanes. Pienso en Motasem, mi primo sirio, que en veladas interminables, mientras discutíamos de lingüística, tuvo la paciencia de contarme la historia de su religión, los califatos post Mahoma, todas las jugarretas políticas que me hacían recordar el Palacio de los Papas en Avignon.

Ahora vendrán las recuperaciones, los hipócritas y oportunistas; los mismos que intentaban censurar el semanario son los que desfilarán mañana mano en el pecho, los que impondrán leyes represivas en su memoria, los que ahora mismo afirman sin que la voz les tiemble que ellos también son Charlie. Leo también diatribas escritas por gente que nunca leyó el semanario, que ignora su rol en la sociedad, en la cultura francesa. Me digo que nada de eso importa ahora, consciente de que mi reacción no es racional, nada de lo que sucedió lo es, nada de esto puede serlo. Es difícil para alguien de procesos lentos bajar este nudo en el estómago a palabras, a gestos concretos, a pancartas, velas, pasos y pasos en un desfile bajo el frío y la llovizna parisina. La ciudad no es la misma y no lo será más para todos los que por destino u opción vivimos en ella. Nosotros tampoco. En estos días entendí, mediante esas epifanías que te caen encima como un obús, hasta qué punto nuestra vida está acá, hasta qué punto nos han matado un poco también, y hasta qué condenado punto vamos a extrañar a Charlie Hebdo.

– o O o –

Y canta Mano Solo, inconsolablemente muerto y triste:

Et déjà tu te souviens même plus 
Qui t’étais avant, du temps où t’avais des couilles 
Où t’étais fier, du temps où t’avais même 
T’avais même des rêves

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