La libertad de expresión en Francia

l-e-fMe instalé en Francia en 2002 para realizar estudios de doctorado, pero frecuentaba el país desde el año 1999. Como tantos otros, llegué aquí con un imaginario social donde Francia representaba el Siglo de las luces, el Enciclopedismo, los derechos humanos, aquella frase, falsamente atribuida a Voltaire, quien desde la Ilustración nos prometía que aunque no estuviese de acuerdo con lo que dijéramos, defendería nuestro derecho a decirlo. Tarde supe que la frase es probablemente el refrito de una opinión de Voltaire sobre Helvétius, escrita en su Dictionnaire philosophique. Menos tarde, sin embargo, comencé a comprender hasta qué punto es difícil respirar en Francia en términos de libertad de expresión. Y el aire no deja de contaminarse.

La libertad de expresión es un principio. Como la monogamia, la laicidad, la integridad personal, es un principio al que se adhiere o no. Es imposible, desde un punto de vista estrictamente lógico, adherir parcialmente a un principio. Si nos declaramos contrarios a la pena de muerte por considerar que un Estado no es legítimo para tomar la vida de cualquier individuo, el simple hecho de insinuar que en el caso de Husein, Ceaușescu o Mussolini está justificado significa que no se está contra la pena de muerte sino contra la pena de muerte aplicada a ciertos casos. No se trata de que esté bien o mal adherir a un principio, pero la claridad siempre es preferible a una falsa bandera, a una contradicción que suele ser también una forma de engañarse a sí mismo.

Francia, como cualquier país, está lleno de contradicciones. Dos, en particular, golpean cuando se vive aquí: el convencimiento absoluto de una buena cantidad de franceses de que son el país de los derechos humanos, y la certeza de que la libertad de expresión es un derecho adquirido que se ejerce sin mayores inconvenientes. De lo primero se puede decir mucho: bastaría recordar la guerra de Argelia o cualquier otro pasado o presente colonial, sin mencionar cómo funciona el derecho penal francés 1. De lo segundo, desafortunadamente, se puede decir demasiado.

La resaca de Mayo del 68 trajo la ley Pleven. En 1972 el parlamento introdujo por unanimidad los delitos de provocación pública (y no pública) al odio, a la discriminación y a la violencia racial. Como la ambigüedad no les bastaba –¿qué es exactamente una provocación al odio racial?–, se decidió que, además de una persona física, cualquier asociación que se declarase antirracista podía constituirse en parte civil, es decir considerarse como parte perjudicada en un proceso penal. Esta ley plena de buenas intenciones institucionalizó los procesos de intención –¿qué es el odio, en definitiva?– y abrió un bulevar florido a los Torquemada de salón. No se privaron: exigieron, entre otras cosas, la prohibición de libros malos, lo que, por supuesto, no logra nada en términos de disminución del racismo pero permite a los justos trazar la línea divisoria que separa el bien del mal. Años más tarde llegó la ley Gayssot a poblar los huecos dejados por Pleven: en 1990 se creó en Francia el delito de negación de los crímenes contra la humanidad definidos en el estatuto del Tribunal de Nuremberg, es decir el Holocausto. Luego, puesto que cada pasado admite un sufrimiento, llegaron leyes sobre el reconocimiento (aunque no contra la negación) de la esclavitud y el genocidio armenio.

La ambigüedad es peligrosa –de nuevo: ¿qué constituye una negación?– y genera un efecto que la clase política no puede no haber previsto: la utilización de estas leyes como instrumento político. Se trata, además, de leyes contraproductivas e injustas: ¿por qué no una ley sobre las dictaduras latinoamericanas o sobre la negación de la tortura en Argelia? ¿Por qué se censura en 2012 la ley Boyer, que prevé crear el delito de negación de cualquier genocidio reconocido por el Estado –censurada por anticonstitucional, lo que parece un colmo– pero se mantiene el delito de negación del Holocausto? Esto no es un ejercicio abstracto: hay gente en Francia, hoy, presa por delito de opinión. Uno puede intentar consolarse, decirse que, en última instancia, la sociedad francesa es jacobina; uno puede recordar el Terror que tanto guillotinó; el caso es que en la Francia actual la libertad de expresión por principio resulta inconcebible. Libertad de expresión siempre y cuando no se expresen ideas malas. Je suis Charlie, bien sûr, mientras procure que mis opiniones vayan por la buena senda.

Como siempre que el Estado interfiere en asuntos morales, el terreno es resbaloso. En su ensayo Los medios justifican los fines 2, Jorge Majfud ilustra una simplificación que se repite a lo largo de la Historia:

Según la mentalidad religiosa judeocristianomusulmana (…) no caben tonos grises, uno es ángel o demonio, está en el cielo o en el infierno.

Me parece aplicable a la realidad francesa y su Estado pretendidamente laico. Cómo, partiendo del Prohibido prohibir de Mayo del 68, encallamos en una izquierda fofa y moralista, de rictus indignado y eterno índice en alto, es un misterio para mí 3. Lo que es una realidad es que esa actitud tiene un correlato en la sociedad que se ha ido desgastando y la fractura ya es visible (basta ver la emergencia de la extrema derecha).

Persiste sin embargo el reflejo pavloviano de censurar, de prohibir lo que está mal, de denigrarlo en plaza pública, y entonces se censuran libros, espectáculos, emisiones televisivas, se crean listas de personas infrecuentables a las que está bien visto linchar mediáticamente sin darles la palabra; entonces podemos asistir al triste teatro donde un Primer Ministro afirma saber lo que es humor y lo que no, donde se arroga el derecho de indicarnos que tal o cual libro no merece ser leído. Para Jung, el arquetipo de la Sombra es la parte inconsciente de la personalidad que es rechazada por el Yo consciente: reconocer la propia Sombra, reconocer lo que nos genera un profundo rechazo de nosotros mismos, significa un gran avance personal. En Francia, sin embargo, se prefiere condenar a la Sombra a olvido, como si la operación fuese posible: una sociedad que prefiere no ver sus problemas a abordarlos está condenada a no resolverlos nunca.

No es difícil comprender que en este ambiente de maniqueísmo infantil generado por la clase política (incapaz de proponer soluciones reales a problemas realmente importantes) y apoyado por los medios de prensa (que están en ruinas y son subvencionados por el Estado), el nivel de debate no es muy alto. Basta desviarse un ápice de los límites consensuales y la censura llega bajo forma de juicio penal, de despido, de exclusión. Y como sucede con las drogas duras, nunca es suficiente: desde hace años se percibe el ansia que tiene la clase política francesa por controlar Internet. Es comprensible: en la mentalidad represiva reinante, el dinamismo de Internet los saca de quicio. ¿Un juez censura un video porque incita al odio racial? YouTube lo quita, por supuesto, pero el video es subido a un servidor ruso y la propia censura genera el efecto contrario: hasta el francés más indiferente quiere saber de qué se trata ese video. Ayer, François Hollande, en un discurso digno del medioevo dijo lo siguiente:

Si, realmente, los grandes grupos de Internet no quieren ser los cómplices del mal, deben participar en el proceso de regulación digital.

El subrayado de la palabra mal es mío, porque todavía no logro convencerme de que Hollande haya planteado un razonamiento que no es otra cosa que el consabido estás con nosotros o en contra nuestra, porque se busca descaradamente restringir aún más la libertad de expresión empleando argumentos morales, y porque todavía me pregunto si llegará el momento en que la sociedad francesa se decidirá a enfrentar su propia Sombra, consciente de que es una operación dolorosa pero necesaria si quiere algún día volver a respirar un aire un poco más puro.

* * *

1 En 2010, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Francia por no permitir que, desde el comienzo de una detención preventiva, al detenido se le garantice el derecho de ser asistido por un abogado durante los interrogatorios. A regañadientes, en 2011, el parlamento francés votó una ley para conformarse a la jurisprudencia europea.

2 Cyborgs, Jorge Majfud, izana editores, 2012.

3 En su ensayo La république des censeurs (éditions de L’Herne, 2014), Jean Bricmont postula que el nacimiento de la izquierda moralista francesa se produce por su impotencia para aportar modificaciones estructurales en el plano económico. Es cierto que en 1983 François Mitterrand cambió radicalmente de política económica y procedió a aplicar una política de austeridad. Es interesante trazar un paralelismo con lo realizado por François Hollande, quien pasó de autodeclararse un ferviente enemigo del mundo financiero a nombrar dos años más tarde un liberal, ex banquero de inversiones de Rothschild & Cie, como ministro de Economía.

9 thoughts on “La libertad de expresión en Francia

  1. Javier, muy bueno tu artículo. Me gustaría hacerte varias preguntas/comentarios.

    1) Después de leerte me quedo con la impresión de que en Francia existe una “fachada” (so to speak) de libertad de expresión. Esto me resulta llamativo porque, visto desde afuera, la percepción sobre este asunto parece contraria. Sin ir mas lejos, después del atentado al semanario Charlie Hebdo escuché a numerosos lideres de opinión -el papa Francisco incluido- manifestarse sobre este tema diciendo algo así como “a Francia se le fué la mano con la libertad de expresión”, exhortando incluso a un mayor control por parte de la “libertina” prensa francesa (olvidando por completo que si hay restricciones, no hay libertad de expresión).

    2) En el articulo planteas que la mayoría de los medios “están en ruinas y son subvencionados por el estado”. Asumiendo que Francia es una de las grandes potencias mundiales, ¿cómo ocurre esto?, ¿de qué maneras censura el estado a la prensa independiente?, ¿qué espacios reales quedan todavía para expresar ideas fuera del discurso oficial? (pregunto esto preocupado con el advenimiento de la ley de medios a Uruguay)

    3) Y ahora si como psicólogo jungiano-, ¿en qué sentido te parece que la extrema derecha francesa es una manifestación de la Sombra colectiva? Desde un punto de vista teórico, asumo que por la ley de enantiodromía (“la vuelta al opuesto” de Heráclito) los valores “tradicionales” y exageradamente moralistas son una respuesta frente a la percepción de desenfreno o “falta de orden” (lo apolíneo vs. lo dionisíaco, en términos nietzscheanos). Pero, en concreto, ¿cómo te parece que ganó tanta fuerza el Frente Nacional?

    • Buenas preguntas, Diego. Ameritan una respuesta larga. Van aquí algunos apuntes:

      1) La fachada de la libertad de expresión

      a) En Francia se repite el siguiente mantra: “la libertad de expresión tiene límites”. Se ha repetido tanto que se ha vuelto un gimmick, lo cual impide ver el razonamiento falaz que se sobreentiende. La libertad de expresión tiene, por supuesto, límites, en particular límites vinculados con el orden público que el Estado debe preservar (es su rol). En ese sentido la injuria y la difamación públicas, por ejemplo, son delitos, y ese límite permite una reparación pública que antes sólo podía saldarse con el duelo o la venganza. El mantra utiliza la falacia del hombre de paja: atribuir una idea a alguien (que no la expresó) para luego rebatirla y probar que ese alguien se equivoca. Que yo sepa, nadie en Francia reclama a los cuatro vientos poder injuriar o difamar públicamente. Pero el mantra sirve para pasar el mensaje de que, entre otras cosas, incitar al odio está más allá de los límites. Pero ¿qué es incitar al odio? En la práctica basta decir: “no soporto a los X” (sustitúyase X por una raza, etnia, género, orientación sexual, etc.) para que se constituya el delito de incitación al odio. Es decir que alguien puede no soportar a los latinoamericanos pero no expresarlo públicamente. ¿Por qué? ¿En qué medida altera per se el orden público? ¿En qué mentalidad cabe suponer que una persona, por leer u oír algo así, de inmediato empezará a odiar a los latinoamericanos? (lo cual, por otro lado, es una manera de subestimar a las personas). Pocos se cuestionan hoy en día estas cosas pues “la libertad de expresión tiene límites”. Pero ¿qué legitimidad tiene el Estado para prohibirlo, si no es por un deseo moral de dictar lo que está bien decir y prohibir lo que está mal? Repito: ¿en qué medida la expresión de un sentimiento negativo altera per se el orden público? Y lo más complejo de todo: ¿cómo se prueba que realmente se incita al odio? Se penaliza entonces un delito teórico, algo que sucede en el plano de las ideas y para lo que no es necesario que exista una conexión con un hecho concreto: basta decirlo para que el delito esté constituido. Hay, por supuesto, una diferencia entre una opinión o sentimiento (“odio a los sudacas”) de un llamado a cometer un acto delictivo (“propongo que salgamos a la calle a asesinar a cada maldito sudaca”). El problema es que todo cae en la misma bolsa y el mantra vuelve como el eco de los sistemas totalitarios: “la libertad de expresión tiene límites”. Menciono los sistemas totalitarios sin entrar en el debate sobre la introducción del delito de difamación o injuria “no pública”, que abre la puerta a que el Estado se entrometa, hasta ese nivel, en la vida privada de las personas. Dejo de lado también el hecho de que una asociación pueda considerarse como parte perjudicada en un proceso penal. ¿Por qué motivo una organización, es decir un grupo de personas con una agenda definida, puede ser la depositaria del perjuicio que sufre una parte de la sociedad? ¿En qué mundo cabe que estas organizaciones puedan recibir dinero en concepto de indemnización, lo cual no es sino una incitación, cuando menos indirecta, a impulsar juicios penales? ¿Y por qué no sería una incitación? ¿Porque son asociaciones buenas, íntegras, irreprochables? Vuelvo a decir algo que me parece una obviedad: la intromisión del Estado en asuntos morales asegura un terreno resbaloso.

      b) Desde el extranjero no se conocen necesariamente en detalle los problemas de libertad de expresión que hay en Francia. Charlie Hebdo fue condenado penalmente varias veces, por ejemplo. Supongo que el Papa se refería a la crítica ácida que el semanario hacía de las religiones; la Iglesia Católica era criticada muy duramente. Pero el fenómeno Charlie Hebdo pone a la vista las contradicciones internas en cuanto a libertad de expresión. Todos somos Charlie, viva la libertad de expresión, pero hasta el propio Charlie Hebdo se cuida(ba) de criticar la religión judía, en gran parte por temor a un juicio penal que asociara crítica de la religión judía con antisemitismo (abundan ejemplos en este sentido), y en parte por la presión de un director muy en la línea de Torquemada, que fue quien terminó echando a Siné, un histórico (largo de explicar; cf. http://fr.wikipedia.org/wiki/Affaire_Siné). Los periodistas y comentadores televisivos dicen de vez en cuando “pensar que si Desproges viviera e hiciera ciertos sketches que hacía, sería condenado penalmente”. Lo que dicen es una obviedad. Lo que es sorprendente es que, acto seguido, no digan: ergo algo va mal en Francia, o tal vez: something smells rotten in France.

      2) Medios de prensa en ruinas

      La ruina de los medios es generalizada y los motivos son varios. Dejando de lado el desinterés de la población (que se ve también en el aumento de la deserción de votantes en las elecciones representativas), Internet cambió el paradigma y los grandes medios de prensa no consiguieron adaptar su modelo de negocios adecuadamente. La mayoría apostó por brindar la información gratuita en línea, pensando que la publicidad en línea sería suficiente para paliar la baja de ventas en papel. Lo que hicieron, en definitiva, fue transponer casi tal cual el modelo de negocios de la prensa papel al de la prensa digital. Fracasaron miserablemente. Nacieron alternativas: se ha intentado por ejemplo el modelo de negocios freemium (Le Monde, Le Figaro, etc.) con resultados más bien débiles. Nacieron los medios “pure player” como Mediapart o el Huffington Post, sólo presentes en Internet y que ofrecen su información sólo a los abonados (y van dejando visibles los artículos “viejos”). Funcionan bastante bien, por lo que tengo entendido. Estos medios suelen ser más independientes y, aunque sufren las mismas presiones por parte de la clase política, pueden resistir de mejor manera. Es así que Mediapart, por ejemplo, hace saltar a comienzos de 2013 al ministro del Presupuesto, al develar que tiene una cuenta en Suiza que empleó para evadir impuestos.

      Los políticos presionan a la prensa independiente de varias maneras:

      (a) Amenazando sutilmente con no dar noticias en Off. El Off, es decir una información que alguien da en contrapartida de permanecer anónimo, es una práctica habitual de la clase política francesa; es lo que le permite a la prensa enterarse de “la cocina” del mundo político; el derecho al Off es, en consecuencia, un instrumento de chantaje. Un ejemplo: la prensa francesa ocultó durante años que Mitterrand tenía una segunda familia, con hija incluida. El Off se usa también para vendettas políticas a costo mínimo (hay una ley que protege las fuentes de los periodistas, por lo tanto quien da la información en Off se sabe protegido), y en ese sentido los periodistas son cómplices y participan del juego político.

      (b) Por connivencia: la prensa y el mundo político están demasiado cerca, hay amistades y rencores, hay parejas, hay conflictos de intereses recurrentes; deontológicamente es indeseable pero muchos políticos y periodistas lo ven como una estrategia ganador-ganador.

      (c) Mediante otras formas de chantaje: hay leyes, por ejemplo, que hacen que los periodistas acreditados paguen menos impuestos que el cristiano estándar. Las dotaciones económicas de las subvenciones son considerables (en torno a 1.200 millones de euros en 2012), periódicos como Le Monde o Le Figaro reciben unos 18 millones de euros por año. Es mucho dinero. Recién en 2012 se pudo saber cómo se repartía este dinero: hasta entonces sólo se conocía el monto global. La falta de transparencia, otro mal francés, se había vuelto insostenible. Para entender esto, basta un ejemplo: en 2010 Le Monde, al borde de la quiebra, hizo un llamado a inversores. Se presentaron varias candidaturas a estudio de la dirección del diario. Una de ellas (Pigasse, Niel & Bergé) se intuía como la probable ganadora. Sarkozy convocó al Elysée al director de Le Monde para decirle cuán reticente era a esa candidatura, sugerirle otra candidatura (Perdriel) y mencionarle, de pasada, las importantes subvenciones que el Estado otorga a la prensa en Francia, en particular a Le Monde.

      Quedan pocos espacios para expresar ideas fuera de lo que se aparenta mucho a un discurso oficial o, algo que me parece más apropiado: un conjunto de valores morales a respetar forzosamente. Y no queda espacio, porque es ilegal, para expresar ciertas ideas o sentimientos (por más “malos” que sean) o para debatir temas que, de facto, se han vuelto tabú. Se puede disentir pero siempre dentro de un espectro bien definido de ideas o corrientes.

      La ley de medios de Uruguay tiene puntos muy positivos pero la regulación de contenido me parece preocupante y contraria a la tradición uruguaya, liberal en cuestiones de libertad de expresión. En particular el artículo 28 es claramente moralista: indica:

      Los servicios de comunicación audiovisual no podrán difundir contenidos que inciten o hagan apología de la discriminación y el odio nacional, racial o religioso, que constituyan incitaciones a la violencia o cualquier otra acción ilegal similar contra cualquier persona o grupo de personas, sea motivada por su raza, etnia, sexo, género, orientación sexual, identidad de género, edad, discapacidad, identidad cultural, lugar de nacimiento, credo o condición socioeconómica. (…) Los servicios de comunicación audiovisual promoverán en su programación, expresiones y acciones afirmativas e inclusivas a favor de personas o grupos objeto de discriminación.

      Que el Estado lo exija como una norma en los servicios de comunicación estatales me parece sano y deseable. Ahora bien, ¿en qué medida el Estado es legítimo para imponérselo a todos los medios de comunicación? ¿Quién va a definir lo que es afirmativo e inclusivo? Una comisión administrativa que se encargará de dictar su moral. Hay suficientes elementos para condenar contenido que sea ilegal (injurioso, difamatorio, que haga apología de un crimen, por ejemplo), pero con este artículo se busca pasar por encima del Poder Judicial y censurar de manera administrativa. Es un gesto típico de cualquier sistema totalitario y me apena infinitamente ver que fue propuesto por la izquierda uruguaya porque, más allá de la buena intención que pueda haber detrás, terminará siendo empleado como instrumento de censura política. En su momento anoté algunos puntos que podrían interpretarse como expresiones y acciones NO afirmativas e inclusivas a favor de personas o grupos objeto de discriminación:

      – los sketches de Capusotto
      – la mayoría de las telenovelas
      – diversos clips del Cuarteto de Nos
      – Darwin Desbocatti
      – las murgas

      Pero esto son sólo ejemplos. En la práctica dependerá del humor de una comisión que tiene mucho de inquisidora. En toda democracia un poder implica un contrapoder. ¿Cuál será el contrapoder de esta comisión? Quienes dicen que en realidad no se va a regular contenido salvo algunos casos (e.g. protección a los menores), es decir, en otras palabras, que el artículo 28 no va a aplicarse, son o bien naïfs o bien cínicos. Desde el momento en que la ley se vota, existe para ser aplicada y no me cabe ninguna duda de que lo será, y de que lo será con fines políticos.

      3) La Sombra

      No me refería a la extrema derecha francesa pero el vínculo es interesante. En cualquier sociedad hay racismo, xenofobia, homofobia, misoginia, odio, sentimientos sobre los que, desde el punto de vista de la moral judeocristiana, puede haber un consenso para tildarlos como negativos o malos. En lo personal, me parecen aberrantes y rechazar a alguien por ser, por ejemplo, negro, me resulta tan ajeno que escapa a mi capacidad de comprensión. Pero ese es mi juicio moral en tanto individuo. El rol del Estado no es dictar la moral a los ciudadanos sino, entre otras cosas, darles ciertas seguridades y mantener el orden público. Nietzsche dice con una gran lucidez que no existen fenómenos morales sino interpretaciones morales de los fenómenos.

      Utilizo la figura de la Sombra para esas manifestaciones (racismo, xenofobia, homofobia…) porque es francamente raro encontrar a alguien que diga: “yo soy racista” o “yo soy profundamente xenófobo”. Hace poco se juzgó a un hombre que, si mi memoria es buena, había intentado incendiar una mezquita. Declaró al juez: no soy racista, es sólo que no soporto a los árabes. Parece un sketch pero es real, sucede, ese hombre es incapaz de mirarse a un espejo y ser sincero con él mismo. En Francia basta ver cuántos negros hay en la sociedad y ver luego cuántos hay en el parlamento o entre los ministros o los dirigentes de los grupos del CAC 40 para intuir que hay un problema de subrepresentación. Y en un modelo de democracia representativa, no deja de ser digno de atención. No se trata de desenfundar la calculadora sino de ver que la subrepresentación es real y amerita una reflexión. Pero, además de que en Francia está prohibido realizar estadísticas raciales y étnicas, la sola idea es un tabú: se refutará hablar de la cantidad de parlamentarios negros porque en La República todos somos iguales, lo cual es una hipocresía: en La República de Papel somos todos iguales, porque en la real, la cotidiana, como decía Coluche: todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros. Basta salir a la calle, respirar la realidad, darse una vuelta por los suburbios marginales, enseñar en la universidad: hay una diferencia demasiado importante entre la realidad de terreno y la que es verbalizada en nombre de la sacrosanta República.

      Creo que en una sociedad sana se deberían poder abordar estos problemas y asumir que, por ejemplo, el racismo existe. Pero si toda expresión de racismo es censurada, nos quedamos con un racismo de manual, teórico, hablando en el aire, sin poder refutarlo factualmente: es imposible refutar que alguien odie a los extranjeros pero sí se pueden refutar factualmente dichos como “los extranjeros vienen a robarnos el trabajo, nos están desangrando”. Y, encima, un corolario pésimo: los racistas, xenófobos, etc., al ser oprimidos se convierten en mártires, y nunca falta el consabido razonamiento de: “si se los censura por algo será…”. Me parece sano que un foro en línea, por ejemplo, modere los mensajes racistas; en un plano más general, me parece sano que una sociedad aborde su propia Sombra por sí misma y resuelva sus problemas. Lo que rechazo de plano, por considerarlo ilegítimo, es que el Estado se entrometa en asuntos que pertenecen al orden ético y moral.

      Mi impresión es que la extrema derecha funciona como catalizador. Se permite abordar ciertos temas tabú y aprovecha el fracaso sostenido del bipartidismo francés. Por qué, en Francia, ante el fracaso del bipartidismo emerge la extrema derecha y no una izquierda renovada como en América Latina, Grecia o España es todavía un misterio para mí. El caso es que el Frente Nacional (FN) se presenta ante la gente como una alternativa real. Y la clase política ha adoptado el mismo reflejo pavloviano: censurarlo. Entonces se han negado a debatir con el FN, o han repetido argumentos paternalistas como: “quienes votan al FN están desesperados y no han comprendido los valores que representan”, o insisten en que no es un partido “republicano” o “democrático”. El resultado se ve: el FN no deja de crecer.

      La censura y el juicio moral no funcionan a largo plazo, un vistazo a la Historia lo confirma, pero los políticos aquí persisten por esta vía.

      Da para mucho más. Te mando un saludo.

  2. Muchas gracias Javier por tu respuesta.

    Me quedaron dando vuelta varios comentarios que hiciste. Particularmente, me quedé pensando en cómo estos Id-Evils que toman forma en “ataques terroristas” no parecen tener muchas alternativas para expresarse/mentalizarse en Francia en términos de subjetivación política (o en definitiva, en términos simbólicos)

    Vuelvo a Žižek, gracias de nuevo,

    Un abrazo,

    Diego.

  3. […] La resaca de Mayo del 68 trajo la ley Pleven. En 1972 el parlamento introdujo por unanimidad los delitos de provocación pública (y no pública) al odio, a la discriminación y a la violencia racial. Como la ambigüedad no les bastaba –¿qué es exactamente una provocación al odio racial?–, se decidió que, además de una persona física, cualquier asociación que se declarase antirracista podía constituirse en parte civil, es decir considerarse como parte perjudicada en un proceso penal. Esta ley plena de buenas intenciones institucionalizó los procesos de intención –¿qué es el odio, en definitiva?– y abrió un bulevar florido a los Torquemada de salón. No se privaron: exigieron, entre otras cosas, la prohibición de libros malos, lo que, por supuesto, no logra nada en términos de disminución del racismo pero permite a los justos trazar la línea divisoria que separa el bien del mal. Años más tarde llegó la ley Gayssot a poblar los huecos dejados por Pleven: en 1990 se creó en Francia el delito de negación de los crímenes contra la humanidad definidos en el estatuto del Tribunal de Nuremberg, es decir el Holocausto. Luego, puesto que cada pasado admite un sufrimiento, llegaron leyes sobre el reconocimiento (aunque no contra la negación) de la esclavitud y el genocidio armenio. Siga leyendo Francia y la libertad de expresión […]