Dos pasteles censurados por “racismo colonial” en Grasse

Mientras en el marco de la nueva ley sobre los servicios de inteligencia el poder ejecutivo afirma que impera controlar administrativamente Internet porque la justicia es lenta, los 50 mil habitantes de la comuna de Grasse asisten a la censura, en tiempo récord, de dos pasteles considerados racistas por el CRAN.

Por más improbable que parezca, esta es una de las tantas consecuencias nefastas de las leyes francesas de lucha contra el racismo y del poder desmesurado que las asociaciones autoproclamadas antirracistas poseen y ejercen en la sociedad. El CRAN (Consejo Representativo de las Asociaciones Negras) ha empleado una “Procédure en référé”, un procedimiento destinado en general a los casos urgentes, para atacar en justicia a la ciudad de Grasse por no prohibirle a Yannick Tavolaro, un panadero, que exhiba dos modelos de pasteles en su vitrina.

El motivo legal mencionado no es menor: se trata de dos estatuillas en chocolate negro que “atentan contra la dignidad humana”. La asociación califica además las estatuillas de “negreras, obscenas e injuriosas, inspiradas de forma manifiesta en la vieja tradición del racismo colonial”.

De poco sirvió que el panadero afirmase que lleva quince años fabricando y vendiendo esos pasteles sin haber ocasionado jamás un problema. No tuvo el menor peso que dijera que utiliza chocolate negro porque es más maleable que el blanco. El CRAN decidió emplear un procedimiento de urgencia —puesto que, entre tantos problemas sociales, la urgencia de esta censura es evidente— para prohibir la exhibición de los pasteles. Es decir que el panadero podrá fabricarlos y venderlos pero no exhibirlos en la vitrina. Y como la Santa Inquisición no brilla por su coherencia pero sí por su brutalidad, el CRAN invitó a las autoridades de Grasse a reflexionar sobre la pertinencia de mantener al panadero en su puesto de presidente de uno de los clubes de fútbol de la ciudad. En detalles así es cuando se puede dimensionar adecuadamente un propósito.

Dos argumentos más del CRAN son dignos de mención. Como el panadero nombró a los pasteles “Dioses” y “Diosas”, la asociación concluye de manera tajante que “en razón de su nombre, los pasteles ridiculizan las religiones africanas”. Por supuesto. El segundo es más preocupante: la asociación denuncia el “regreso de los fantasmas coloniales sobre los negros: miradas atontadas, bocas sobredimensionadas, desnudez obligada, órganos sexuales protuberantes”. Las preguntas que se imponen me parecen evidentes: ¿alguna vez en su vida las autoridades del CRAN han prestado atención al arte africano? ¿Alguna vez, puesto que su sede está en París, asistieron al Museo du quai Branly, donde tantas estatuillas africanas corresponden a los criterios denunciados? ¿Alguna vez visitaron el mundo real de los mercados franceses, donde los propios negros venden estatuillas o fetiches religiosos apenas diferentes de los pasteles censurados?

Es así como una asociación con 1200 adherentes obliga a un panadero a enfrentarse a la justicia. Es así como, financiadas por el Estado, las asociaciones autoproclamadas antirracistas ejercen en muchos casos presiones que ocultan apenas los rasgos del terrorismo intelectual. Es así como, a largo plazo, estas asociaciones vuelven irrespirable la sociedad, generan temas tabú sobre los que cualquier debate queda bloqueado, y, en definitiva, fomentan el ascenso de las fuerzas políticas que se “atreven” a cuestionarlas, es decir la extrema derecha.

Lo que impera no es el control administrativo de Internet: lo que realmente impera es impedir que estas asociaciones abusen de su poder, por más buenas intenciones o motivos humanistas que enarbolen.

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