Thot

Ciberthriller psicológico, finalista del Premio Minotauro 2013. Prólogo y primer capítulo de la novela


Las leyendas de Setne Khamwas

Se trata de una secuencia de dos leyendas en torno a la personalidad del Príncipe Khamwas, el cuarto hijo del Rey Ramsés II. El Príncipe Khamwas histórico había sido sumo sacerdote de Ptah en Menfis, y en esa calidad había estado a cargo de los templos y cementerios menfitas. (…) Luego de su muerte, la imaginación popular moldeó su recuerdo como el de un mago poderoso. (…) La primera leyenda, Setne I, está preservada en el Papiro Nº 30646 del Museo del Cairo. El papiro tenía originariamente seis páginas, pero las primeras dos fueron arrancadas y se perdieron. (…) Ambas leyendas son excepcionales por el colorido e intensidad de su narración. En particular, el episodio de Setne y Tabubu es una obra maestra de narración de suspense.

El tema central de Setne I es el deseo del Príncipe Setne Khamwas de poseer un libro de magia escrito por el propio dios Thot. El libro había sido adquirido a la fuerza por Naneferkaptah, un príncipe que había vivido mucho tiempo antes que Setne y que había llevado el libro a su tumba luego de pagar la posesión del libro con su vida y la vida de su esposa e hijo. Cuando Setne encuentra la tumba y roba el libro, los dos príncipes, ambos magos poderosos, entablan un combate de destrezas que perdura hasta que Setne es vencido y devuelve el libro. El relato ejemplifica la visión tradicional egipcia según la cual la magia es un arma legítima para el hombre, pero los secretos fundamentales de la vida y del mundo pertenecen sólo a los dioses y no pueden ser adquiridos por el hombre.

Miriam Lichtheim
Ancient Egyptian Literature, Volume III: The Late Period, pp. 125-126.

Todo empezó con un spam

Una máquina merecería ser llamada inteligente si pudiera engañar a un humano haciéndole creer que ella también es humana.
Alan Turing
Computing Machinery and Intelligence, 1950.

¿Por qué esta magnífica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida más fácil, nos aporta tan poca felicidad? La respuesta es simplemente esta: porque aún no hemos aprendido a usarla de manera razonable.
Albert Einstein
Charla en el California Institute of Technology, 1931.

Dos años atrás un mensaje firmado con el pseudónimo Thot circuló por el mundo vía correo electrónico, blogs, sitios de prensa en línea y todas las redes sociales públicas conocidas. En una clara provocación, la página principal del sitio Web de la presidencia francesa fue pirateada y su contenido fue reemplazado por el mensaje de Thot. La primera reacción mundial de la prensa y de las instituciones públicas fue acusar a Anonymous. Esta hipótesis, sin embargo, resultó rápidamente improbable dado el contenido del mensaje: en él se sostenía que en algún lugar de Internet se encuentra oculto un sistema informático de escritura universal capaz de crear un texto sin mayor intervención humana, salvo la necesaria para seleccionar el tema y unos pocos parámetros de configuración. En el mensaje Thot aseguraba haber ocultado el sistema —que denominaba máquina— porque la humanidad todavía no estaba preparada para usarlo de manera razonable, pero que para no ganarse la condena de los dioses no se había atrevido a destruirlo. En un intento que no me resultó convincente, citaba un pasaje de la Biblia:

Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero.

Génesis 11:5-7

Ante un concepto tan misterioso como una máquina de escritura universal, una cita a la Biblia me pareció demasiado evidente, y Pascal, Leibniz, Babbage o Turing, inventores de máquinas claves en la historia de la humanidad, se me ocurrieron ejemplos ineludibles que —pensé entonces— Thot no podía ignorar. Lo que era menos evidente para este tipo de mensajes que suelen circular por Internet es que Thot aseguraba que su vida corría peligro y que, por suerte, había tenido de momento mejor estrella que Trig Naulan y Philippe Gauvain. Sin dar mayores detalles sobre geografías o calendarios, afirmaba haber tenido el gusto de conocer personalmente al investigador Philippe Gauvain.

El enorme revuelo causado por el mensaje acaso no se explique tanto por su contenido o por el pirateo del sitio Web de la presidencia francesa sino porque el mismo nudo de información había sido redactado en más de veinte idiomas y de muchas maneras distintas. Así, para un mismo idioma, se tenía una cantidad considerable de reformulaciones, variaciones de estilo, uso de regionalismos. Aunque parezca increíble, el tipo de texto también variaba: del mensaje había versiones narrativas, descriptivas, argumentativas, informativas; unos se parecían a una demostración científica; otros, a un artículo periodístico. Los había que eran sonetos, panfletos apasionados, ingeniosas letras de canciones.

Pese a las distintas versiones del mensaje, en todas ellas se indicaba invariablemente la dirección de una página Web donde Thot había publicado un documento escrito por Philippe Gauvain, una crónica que relataba en detalle la historia de la máquina de escritura universal de Trig Naulan. Según Thot, en el relato se hallan todas las claves necesarias para inferir la dirección del lugar de Internet donde se encuentra la máquina, y la manera de ingresar al sistema.

Los intentos de los hackers más talentosos para rastrear la fuente del mensaje resultaron inútiles. Al día de hoy, pese a la cantidad inconcebible de hipótesis manejadas y defendidas ferozmente, la identidad de Thot continúa siendo un misterio. La discusión en torno a si la historia relatada se trata de un clásico hoax ha sido tumultuosa y persiste en foros que se han creado específicamente para discutir sobre la máquina de Trig Naulan. Según fuentes oficiosas, los tres motores de búsqueda más utilizados (Google, Bing y Yahoo!) habrían registrado en el transcurso de una semana más de cinco millones de solicitudes que buscaban «Trig Naulan». No cuento con una estimación de la cantidad de foros, blogs, encuestas Facebook, mensajes Twitter, emisiones televisivas o periódicos y revistas donde se ha discutido en torno a Trig Naulan, Philippe Gauvain y la máquina de escritura universal.

Como investigador en el área de procesamiento del lenguaje natural, una disciplina que emplea la inteligencia artificial para comprender el lenguaje humano, leí la historia de manera apasionada y distante. Su verdadero autor –en casi tres años de búsqueda exhaustiva no he logrado encontrar ningún vínculo entre Philippe Gauvain y una persona real– se toma ciertas libertades con nuestra área, por la que no parece profesar gran respeto. Sin embargo, no es descabellado imaginar el día en que la máquina de Trig Naulan será una evidencia para todos. La generación automática de texto es una realidad en procesamiento del lenguaje natural. Lo ha sido desde los comienzos del área en la década del cincuenta, desde los primeros sistemas de traducción automática del ruso al inglés y también en algunos de resumen automático. Si bien esta técnica se encuentra en un estado avanzado –la revista Forbes, por ejemplo, utiliza el robot de Narrative Science para escribir automáticamente noticias periodísticas a partir de datos estadísticos–, la máquina descrita en el relato publicado por Thot es capaz de crear información y propagarla de muchas maneras distintas. Se sabe, la clave en estos casos reside en las pequeñas variaciones: envíe discretamente mil personas a pregonar que hubo un gran incendio en la catedral del pueblo, y en los días que seguirán, cuando alguien pregunte por el gran incendio, le responderán que fue en la catedral del pueblo. Pero si los voceros pregonan exactamente el mismo mensaje, la gente notará el spam y el efecto será el contrario: cuando alguien pregunte por el gran incendio, todo el mundo dirá que lo de la catedral era tan sólo un rumor.

La hipótesis según la cual el relato publicado por Thot ha sido creado por la misma máquina no tardó en surgir, y con ella hordas de amantes de teorías conspiratorias que vacilaban entre la condena y el aplauso del enigmático Thot. A mí, sin embargo, más que la agitación de los salones de discusión virtuales, me interesó evaluar seriamente la factibilidad de la historia narrada.

Mientras escribo estas líneas soy consciente de la distancia a la que nos encontramos de la máquina de escritura universal de Trig Naulan. Y sin embargo, desde que leí la crónica del supuesto investigador Philippe Gauvain no he dejado de pensar en ella un solo instante y he intentado, en vano, desentrañar del relato los datos necesarios para acceder a la máquina. Como suele suceder con casi todo en este mundo efímero, la historia ha sido olvidada por el gran público. Para ser sincero, no sé por qué he decidido publicarla: las obsesiones no requieren argumentos. Tal vez alguien se interese en ella. Acaso un explorador cibernético con la paciencia necesaria encuentre finalmente la clave que lo conduzca a la máquina de escritura universal.

J.C.

Postdata:

Por respeto al lector he reprimido la tentación de esclarecer ciertos pasajes sobre la historia de la escritura, la lingüística, la inteligencia artificial y el procesamiento del lenguaje natural. En uno de sus tantos manuscritos, Leonardo da Vinci anotó que la adquisición de cualquier conocimiento es siempre útil al intelecto, que sabrá descartar lo malo y conservar lo bueno. Cinco siglos más tarde, la sociedad de la información es tan vasta que puede satisfacer cualquier curiosidad.

Capítulo 1

Entonces oí a Trig Naulan por primera vez.

—No —respondí—. En la historia del hombre no existe un sistema de escritura universal del que deriven los demás. Pero pocas veces se ha inventado realmente uno. Lo hicieron sumerios, egipcios, chinos, fenicios, olmecas y mayas. El resto han sido variaciones con mayor o menor éxito.

Me quedé observándolo, esperando a que replicara algo, y pensé que afuera era un día de sol. No recuerdo cuántas veces, realizando un esfuerzo considerable por conservar el aplomo, he respondido a esta pregunta en mis veinte años de conferencista invitado. La formulan estudiantes fantasiosos, convencidos de que pueden descifrar el misterio fundamental de la escritura, un sistema padre de todos, algo que se parece demasiado a una explicación divina que, por supuesto, los llevará en un carro de oro a las puertas de la celebridad, el Nobel, montañas de dinero y una lluvia de títulos de Doctor Honoris Causa. Mi respuesta, como es evidente, nunca les satisface.

Pero este hombre no era un estudiante. Recuerdo su gesto febril, la mueca que no se decidía entre la desconfianza y la burla, sus manos muy flacas sostenidas en el aire. Durante mi charla me había llamado la atención por la melena revuelta que ocultaba una calva franciscana y porque hubiese jurado que dormía con la ropa puesta. Además del moderador y de tres o cuatro estudiantes de doctorado curiosos que me habrían ido a ver como quien asiste al circo del pueblo, el hombre era el único que no me quitaba la mirada de encima: el resto del anfiteatro estaba muy ocupado con sus ordenadores portátiles, tabletas y móviles, respondiendo correos, escribiendo evaluaciones de artículos científicos, jugando al Candy Crush o chateando. Les era indiferente que el conferencista invitado hubiese sido, quince años antes, la Medalla de Oro CNRS más joven de la historia y tuviera más libros publicados que todos ellos juntos. ¿Acaso el moderador de la charla no me había presentado como si anunciase la llegada del sarcófago de Tutankamón? Si preferían las anécdotas a la ciencia, podía hablarles del día en que François Mitterrand me condecoró Caballero de la Legión de Honor. Pero esa ya era historia vieja, es cierto, para ese entonces yo ya estaba acabado, seco como la higuera de Betania; mis publicaciones no pasaban de refritos sin valor científico y cada vez me importaba todo un poco menos.

Así que allí estaba Trig Naulan sentado, mirándome extrañamente mientras el moderador preguntaba si había una segunda pregunta. Con una vaga esperanza sobrevolé con la mirada la tribuna de reptiloides, los rostros tiesos como estatuillas africanas, las expresiones indolentes de tedio o curiosidad infantil, y tras unos segundos de silencio incómodo el moderador me agradeció con cortesía y ordenó un gran aplauso para el profesor Philippe Gauvain, eminente investigador de la École de Chartes. Mientras desde el anfiteatro comenzaban a desgranarse unos aplausos indiferentes que me llegaban como en sordina, noté que el hombre de la pregunta no dejaba de mirarme fijamente. Comenzaba a ser molesto. Me dije que tal vez ese hombre de aspecto astroso sí fuese un colega interesado en mi charla o —la idea me sobresaltó— uno de esos gallos capaces de armar un escándalo en una conferencia para dejar en claro, por ejemplo, que conocen de memoria la civilización de Jiroft —famosa por su presunto sistema de escritura independiente de los que yo había mencionado— y que mi afirmación era, mi estimado profesor, si no espuria, cuando menos ligera y aventurada. Porque, como es sabido, no hay palestra más educadamente sangrienta que las lidias entre investigadores.

Pero no hubo escenas de Juicio Final a la salsa del Giotto ni me llevaron a la hoguera al grito de hereje, hereje, igne natura renovatur integra, mientras se persignaban y protegían sus portátiles para que las llamas redentoras no dañaran pantallas y teclados. Apenas si se habían dado cuenta de que Philippe Gauvain, renombrado experto internacional en historia de la escritura, Medalla de Oro del CNRS, la mayor institución de investigación científica francesa, había dictado una conferencia. Si hubiese disertado sobre el manuscrito de Voynich o el Codex Rohonczi, habría tenido más éxito. Es el tipo de fábulas por las que las personas se interesan de inmediato. Uno dice que el manuscrito de Voynich es un libro ilustrado misterioso, codificado en un sistema de escritura desconocido, que nadie ha descifrado y cuyo cóctel de posibles autores incluye a Roger Bacon, al alquimista Edward Kelly o al propio anticuario de libros Voynich, y ya todo el mundo quiere saber más. Uno agrega que ese sistema misterioso verifica, al igual que todos los idiomas conocidos, la ley de Zipf, es decir que cuanto más frecuente es la utilización de una palabra, más corta es su longitud, y ya la congregación entera de reptiloides abandonó sus portátiles y está interrumpiendo con preguntas y comentarios pretendidamente inteligentes.

Sin embargo mi charla sobre los problemas de transliteración del idioma tamil había terminado en algunos bostezos y una pregunta que suelen formular los estudiantes de grado fantasiosos. Representar un idioma con el sistema gráfico de otro, definitivamente, no parecía ser apasionante para los investigadores en procesamiento del lenguaje natural. Poco les importó que la lengua tamil sea una de las más antiguas conocidas, además de la primera considerada clásica por el gobierno de India, antes que el sánscrito. Un clásico ejemplo de error de casting científico: los organizadores deberían de haber previsto que mi área de investigación se encontraba demasiado lejos de los temas de la conferencia. Yo lo sabía, por supuesto, pero soy capaz de cualquier maniobra con tal de escaparme de París en pleno verano, cuando los parisinos entregamos la ciudad a los turistas y a esa aberración urbanística llamada Paris Plages, donde la gente se broncea hasta los huesos frente al Sena convenciéndose de que está en la playa. Además siempre me ha gustado Montreal, por ser una ciudad con puerto, por el calor de la gente y porque comparada con París es la mansedumbre hecha cemento.

El hombre de la calva franciscana se acercó a mí cuando ya había comenzado la primera charla de la sesión siguiente, cuyo tema era la semántica. Una muchacha asiática mencionaba algo sobre la anatomía de las estructuras enumerativas. Para mí era chino, lo cual, dado el caso, no dejaba de resultarme coherente. La desventaja de ser conferencista invitado es que luego de la ponencia, por buena educación y aunque pocos lo hagan, conviene asistir a las charlas de los otros, los reptiloides de los portátiles y los bostezos. En silencio, el hombre me entregó una tarjeta de presentación y se alejó, llenando el aire un tufillo a cebolla que, según me pareció entonces, emanaba de sus axilas. De un lado de la tarjeta podía leerse: Trig Naulan, Ph.D., Professor, Language Technologies Institute, Carnegie Mellon, seguido de su correo electrónico y la dirección de un sitio Web. Del otro lado, en letra manuscrita pequeñísima, de perfecta caligrafía: Necesito hablar con usted a solas. Es importante. Pabellón Jean Coutu. Aseos 1er piso. Le interesará. Extrañado y lleno de curiosidad, di vuelta la tarjeta en uno y otro sentido. Su austeridad me llamó la atención. Cuando levanté la vista, todavía confundido por la actitud sospechosa del hombre, lo vi marcharse por una de las puertas del anfiteatro. «La Carnegie Mellon es una gran institución —pensé—. Debe de ser algo serio».

Sería muy fácil ahora afirmar que, de no haber respondido a la solicitud de Trig Naulan, hoy me encontraría en otra situación; jurar, mano en el pecho, que mi vida habría seguido su curso predecible y algo monótono, y todas esas largas meditaciones dignas de los malos libros de autoayuda o de los asesinos arrepentidos que se confiesan lloriqueando en plaza pública. Pero la curiosidad es una característica innata de todo investigador, así que después de dos o tres minutos de racionalización que no me condujeron a nada, me puse de pie evitando hacer ruido —la muchacha asiática decía algo sobre las metamorfosis tipográficas y varios, demasiados reptiloides, asentían en silencio— y me dirigí al pabellón Jean Coutu. En los aseos estaba sólo Trig Naulan, bajo una de las bombillas de luz que permitía observar con detalle la mugre de su cabellera y el descuido de la ropa que llevaba encima. Tenía una mochila negra, parecía preocupado, pude confirmar que sudaba intensamente.

—¿Lo siguió alguien? —me preguntó con una dicción acelerada.

—¿Quién es usted?

—Eso vendrá después. ¿Lo siguió alguien?

Me detuve en sus ojos abiertos y tensos, en su cuerpo retraído, en su mano derecha que temblaba mientras acariciaba nerviosamente un mechón de pelo grasiento. En nuestro mundo la excentricidad es un requisito, además de una cualidad que se cultiva a conciencia y con esmero, pero aquel tono de voz resultaba excesivo.

—No que yo sepa —respondí un poco molesto—. Me quiere decir para qué me citó aquí, en los aseos. Mire que si usted piensa que yo soy…

—No, nada de eso, hombre. No sea infantil, esto es realmente importante. Pero sería peligroso decírselo aquí, alguien podría entrar en cualquier momento. Encuéntreme en el parque Jean-Drapeau a las dieciocho horas. A la salida del metro, a la izquierda, hay un carro de venta de comida. Sea puntual.

Mientras intentaba elaborar una respuesta a ese fárrago inesperado, comprendí que el hombre me había dejado solo. Observé la puerta de los aseos cerrarse indiferente, me miré al gran espejo preguntándome si debía reírme o preocuparme. «Los académicos excéntricos no solemos ser peligrosos», le dije mentalmente a mi imagen en el espejo. Estudié mi rostro, los ojos irritados por la acumulación de cansancio, las arrugas en la piel cada vez más apergaminada y correosa, las ojeras que ya nunca me abandonarían. Pensé que necesitaba verdaderas vacaciones y aprender a planchar mis camisas de una buena vez. Luego oí la puerta de los aseos abrirse bruscamente.

—¡Le aseguro que le va a interesar!

Era otra vez Trig Naulan, que me señalaba con el índice mientras me decía lo que me pareció una sentencia. Se marchó de inmediato, agitado y jadeante. Me volví a observar en el espejo y no pude contener una risa que retumbó vacilante en los aseos.

Tras echarme repetidas veces agua a la cara me quedé absorto, intentando recordar otros ejemplares que pudieran competir con el personaje que acababa de cruzarme. Estaba tan acostumbrado a trabajar con gente extravagante, que casi podía visualizarlos como una extensa orla. Pensé en Thierry, un estudiante de doctorado apodado el Autista que tuve la desgracia de dirigir. Tenía rasgos de lechuza, llegaba al laboratorio siempre tarde, un poco sucio, con aire de ir de compras al mercado, y, bien visto, después de diez meses de una tesis doctoral que abandonó para bien de la humanidad y, en particular, para mi propio bien, el muchacho era una solución a caballo entre ley de mínimo esfuerzo y mongolismo. Thierry trabajaba en la decodificación del rongorongo, tema central de mi tesis de doctorado. Todo lo que se ha dicho sobre ese sistema de escritura descubierto en el siglo XIX en la Isla de Pascua ha sido afirmado, discutido, refutado, vuelto a afirmar: un calendario lunar, himnos genealógicos de la Polinesia, fórmulas secretas, listas de objetos sagrados… a las tablillas con grabaciones de glifos rongorongo se les ha atribuido todo tipo de significado, desde los primeros trabajos de Eugène Eyraud hasta los trabajos actuales que muestran el interés vigente por este misterio. Mi aporte había permitido conferir al rongorongo el estatus de protoescritura; pocos años más tarde, la Medalla de Oro del CNRS se me había atribuido como un galardón inevitable. Había algo en Trig Naulan que me recordaba a Thierry, pero mi primer y último estudiante de doctorado no tenía ese entusiasmo wagneriano; tampoco la inteligencia, algo que, más tarde, me resultaría evidente. Mientras me secaba el rostro con una servilleta de papel vino a mi memoria, como el recuerdo de un monstruo de infancia lejano e impreciso, un filósofo que cursaba un doctorado en lingüística en la Sorbona. No recuerdo su nombre, lo conocí porque me introduje por error en una sala de la Sorbona cuando él comenzaba a dar una charla, y mi curiosidad al verlo fue tan grande que terminé asistiendo a la presentación. Aquel filósofo vacilante tendría unos cincuenta años. Le interesaba estudiar las paradojas de los eleatas desde un punto de vista lingüístico. En su soporífera charla discurrió largamente en torno a la paradoja de la flecha planteada por Zenón, que siempre me ha parecido la menos trabajada de todas: una flecha en el aire se encuentra a cada momento t en un lugar determinado; si t es lo suficientemente pequeño, la flecha no puede moverse; ergo la flecha está siempre en reposo. Los razonamientos del filósofo parisino eran similares a los de Zenón de Elea pero con una componente lingüística que todavía estoy intentando descifrar. Pero Trig Naulan parecía por lejos más lúcido que este filósofo de cuyo nombre no quiero acordarme.

Ayer tuve la ocasión de conversar con Zweigenbaum. Amable, casi contento, continúa afirmando que Trig Naulan no existe, que es todo un escapismo de mi parte para negarme a aceptar la peor de las soledades. Miente. O falta a la verdad. Dado el caso, da lo mismo. Hoy de mañana he conseguido un ordenador portátil. Dispongo de todo el tiempo del mundo para escribir mi historia.

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