Daesh y sus reclutas europeos

Si tan sólo los políticos y la prensa tuviesen un enfoque apenas más académico, viviríamos mucho mejor.

A fines de abril de 2014, el Ministerio del Interior francés creó un número verde destinado a alertar sobre signos de radicalización islamista de cualquier persona. Seis meses más tarde, el Comité interministerial de prevención de la delincuencia (CIPD) hizo públicas algunas estadísticas sobre 625 señalamientos pertinentes y confirmados:

  • el 55% de las personas no son “de cultura árabo-musulmana”
  • el 25% son menores de edad
  • el 44% son mujeres

En La métamorphose opérée chez le jeune par les nouveaux discours terroristes (La metamorfosis causada en los jóvenes por los nuevos discursos terroristas), un excelente trabajo de Dounia Bouzar, Christophe Caupenne y Sulayman Valsan, con la colaboración del Centro de prevención contra las derivas sectarias vinculadas al Islam (CPDSI),  de 160 familias que contactaron el CPDSI por problemas de radicalización de uno de sus miembros se sabe:

  • el 83% son de clase media y alta
  • el 90% no tiene ninguna relación reciente con la inmigración
  • el 80% son ateas

Son estudios incompletos y con sesgos evidentes, pero que tienen el mérito de acabar en pocas líneas con años de discursos falaces basados en clisés. Porque de los jóvenes estudiados por el CPDSI desde marzo de 2014 hasta noviembre del mismo año, sólo el 5% de ellos habían cometido actos de “pequeña delincuencia” mientras que el 40% habían sufrido episodios de depresión. Es decir que las variables de análisis son múltiples y no se reducen a la religión, un motivo menor o inexistente en muchos casos.

No se trata de negar la componente religiosa fanática de Daesh, basta leer el comunicado sobre los atentados de París para mesurarla: Alá conquistó con su mano y creó temor en el corazón de los cruzados en su propia tierra. No se trata de minimizar la religión como motivo. Se trata de entender el fenómeno interior, que persistirá sin importar cuántas bombas se lancen contra Daesh.

Porque ahora sabemos algo más de los hermanos Abdeslam. De Brahim, el que se hizo explotar en el Comptoir Voltaire, su ex esposa dice que vivía fumando marihuana y durmiendo. Al igual que sus amigos lo describe como alguien tranquilo y de buen corazón. De Salah, el que todavía está en fuga, sus amigos dicen que lo que más le interesaban eran las salidas nocturnas, las mujeres, el alcohol y la marihuana.

¿Estos son los soldados de Alá?

Por lo menos están muy lejos de los discursos encendidos de Daesh, o de los de Marine Le Pen, que nos promete como respuesta al terrorismo expulsar a todos los inmigrantes clandestinos. Y no sólo es la extrema derecha la que vomita actualmente imbecilidades odiosas: una buena parte de la sociedad se niega a aceptar que hay un problema grave en el país y no es exclusivamente religioso.

Francia, 2015, lloran el Siglo de las luces, el Enciclopedismo, toda la lista de premios Nobel y medallas Fields.