Yo no soy racista

Taxi del aeropuerto a casa. Conductor peruano, rasgos indios, muy seguro de lo que dice. Charlamos, por supuesto, desde ese vago terreno común que presupone el exilio o la expatriación.

Vino hace cuatro años por trabajo. Se nota que sabe lo que significa tener que llegar a fin de mes, que extraña su país, que odia a los franceses. Sobre los árabes cultiva cada una de las ideas recibidas que circulan aquí, desde que Francia les da demasiado espacio y así pagan los desgraciados, hasta que conspiran entre ellos para conquistar el país y arruinarnos nuestra bendita vida occidental.

De a poco le voy refiriendo análisis, estudios en sociología, trabajos de periodismo de investigación. El hombre percibe el desfase y aunque le revienta ahí mismo que lo contradigan en sus certezas, respeta al cliente.

No me aprovecho de esa condición, le hablo del estado del transporte en París. Me cuenta un episodio con un conductor de autobuses. Yo no soy racista empieza el cuento, y uno más o menos sabe lo que viene luego en estos casos. Un altercado trivial con un conductor de autobús negro (o afrodescendiente, para las almas sensibles plenas de condescendencia) lo resolvió insultándolo de la siguiente manera: negro de mierda, sí, negro, negro, eres un negro de mierda.

Mientras lo oigo repetir que no es racista, mientras se ríe porque el negro de mierda se bajó del autobús y no consiguió alcanzarlo, prefiero hablarle, en una ironía que no percibirá, de la extrema derecha, de su estrategia, de las diferencias entre Marine Le Pen y su sobrina Marion Maréchal.

Entonces, como una especie de resumen del resentimiento, el racismo y la xenofobia que no cura el exilio ni cualquier otra distancia, el taximetrista me mira por el espejo retrovisor y me dice: es que a este país le hace falta un poco de extrema derecha.

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