Sobre el intervencionismo. John Stuart Mill.

1371370821Mientras en Siria civiles inocentes continúan siendo asesinados por bombas occidentales, es decir bombas buenas pero desafortunadamente no tan inteligentes, el formateo de opinión sigue la estrategia clásica del ojos que no ven, corazón que no siente, conocida también como pas vu, pas pris: ignorar este tipo de noticias.

Sucede que en tiempos donde PETA envía un mensaje a Barack Obama sobre el respeto de la vida de las moscas, donde firmamos a cuatro manos en change.org por un bloguero saudí, por quienes buscan asilo político en tierras hostiles, por mujeres condenadas a lapidación por adulterio, es difícil salir a la arena pública a decir que se asesinan civiles inocentes no a propósito sino por la simple razón de que sus vidas no valen nuestra seguridad.

En el siglo XIX, lejos de esta nueva sensibilidad —positiva por más que sea incompleta y en ocasiones una manera fácil de construirse una buena conciencia— un intelectual de peso como John Stuart Mill escribía su ensayo Unas palabras sobre la no-intervención. En poco más de siete mil palabras Stuart Mill resume una argumentación moral del intervencionismo británico que, ciento cincuenta años más tarde, prevalece:

Suponer que las mismas costumbres internacionales y las mismas reglas de moral internacional pueden ser válidas entre una nación civilizada y otra, y entre naciones civilizadas y bárbaros es un grave error.

¿De qué se quejan entonces quienes mueren bajo nuestras bombas buenas? Es, después de todo, el destino esperado de los pueblos bárbaros. ¿Pretenden encima obtener un espacio mediático capaz de arruinarnos la digestión? ¿No comprenden que, una-vez-más, los estamos liberando de los opresores?

Me señalan que no es una intervención ya que estamos en guerra, en una guerra justa contra los terroristas. Podríamos señalar nosotros también que quienes nos atacan son franceses, belgas, occidentales; podríamos recordar el Cuarto convenio de Ginebra sobre la protección de civiles en tiempos de guerra; podríamos incluso decir que a cualquiera le parecería un acto criminal, una aberración, una locura irresponsable gestionar así el “terrorismo doméstico”, bombardeando zonas altamente pobladas por civiles.

Pero nada de esto importa porque la idea que subyace y justifica lo que está sucediendo fue enunciada por Stuart Mill un siglo y medio atrás: entre una nación civilizada y bárbaros no son válidas las mismas reglas de moral internacional.