Privación de la nacionalidad francesa: el socialismo de François Hollande

francois-hollandeFrançois Hollande es el peor presidente que he vivido en Francia. Peor que Nicolas Sarkozy —un energúmeno sin convicciones ni escrúpulos— y Jacques Chirac —un corrupto bon vivant no muy inspirado.

Se sabe, cuanto más grande es la esperanza, más dura es la caída. Entre tantas hazañas, Hollande será el presidente que llegó al poder con la (incumplida) promesa de permitir votar a los extranjeros y termina su mandato con un proyecto para privar de la nacionalidad francesa a los terroristas binacionales, aún si nacieron franceses.

Uno puede pensar que, como siempre en Francia, se trata de la reacción epidérmica de una-nueva-ley que no es sino un refrito del complejo entramado burocrático que atrofia el país. Porque Francia es un país con un potencial tan enorme como su inestabilidad y adicción a las normas (actualmente es posible privar de la nacionalidad francesa a un binacional naturalizado francés). Pero en este caso no se trata de una ley sino de una reforma constitucional.

Es tan pobre el nivel del debate que el primer ministro Manuel Valls llegó a afirmar en una tribuna en Le Monde —un periódico que calificó de triste meses atrás— que la binacionalidad no existe en Alemania, ignorando que uno de los miembros de su propio gobierno, Matthias Fekl, es binacional francés-alemán.

Es tan grande la miseria político-mediática que se llegó a discutir durante días la posibilidad de crear apátridas. No faltó el socialista que, calculadora en mano, declarase que si bien Francia, autoproclamada patria de los Derechos Humanos, firmó varias convenciones internacionales que prohíben la creación de apátridas, en realidad nunca las ratificó.

¿Y la coherencia?, me pregunto. ¿Y los valores? ¿Y la libertad, la igualdad y la fraternidad? ¿Y por qué no destruimos una galaxia lejana, ya que estamos, puesto que no hemos firmado nada que nos lo prohíba? Porque no podemos, por supuesto.

Dejando de lado que a gente así no se la quiere como amigo ni colega ni vecino ni presidente ni compañero de especie, la medida impulsada por Hollande admite por lo menos un doble análisis, ideológico y pragmático.

En el plano ideológico no es una sorpresa. Salvo excepciones, en particular los jóvenes y unos pocos cuadros marginalizados, el partido socialista francés renunció a sus valores históricos hace buen rato ya, al punto en que proclamarse social-demócrata no es más tabú sino una manera de diferenciarse de los izquierdistas extremos sin visión ni ganas de gobernar, los ecologistas irresponsables, todos esos poujadistas chic que, a pesar de la irreversible realidad, persisten en defender los intereses de los más desfavorecidos, que son mayoría en este y en cualquier país.

Sin ir más lejos hoy mismo el secretario de Estado encargado de las relaciones con el parlamento Jean-Marie Le Guen opinó que en Francia “hay demasiadas organizaciones sindicales”, mientras que Emmanuel Macron, ministro de Economía, declaró que “la vida de un empresario es más dura que la de un asalariado”. Estoy esperando al socialista que dirá que la extrema acumulación de riqueza es una bendición para todos y que quienes sobreviven comiendo insectos no pueden quejarse puesto que es la proteína del futuro.

Volviendo a la privación de la nacionalidad, si la medida es adoptada habrá en Francia dos categorías de franceses naturales, una desigualdad que dinamita el derecho del suelo (ius soli) existente en el país, uno de los fundamentos de la República que la extrema derecha odia con tenacidad desde siempre.

Si uno fuese de mala fe recordaría que el propio Hollande combatió en 2010 una propuesta de Sarkozy cuyo objetivo era extender los escenarios de privación de la nacionalidad francesa. Dijo, mano en el pecho y primer plano de las cámaras, que era una medida que iba en contra del espíritu de la República. Valls, que también parece olvidarlo, compartió la misma línea.

Pero uno no es de mala fe y estas menudencias ideológicas no despeinan a hombres de estado tan decididos, a social-demócratas inflados de realpolitik que veneran el pragmatismo como si se tratase de una ley natural.

Y sin embargo es en el plano pragmático donde la medida muestra hasta qué punto es irracional y oportunista.

¿Alguien se imagina que una persona dispuesta a hacerse explotar en un atentado se arrepentirá por temor a que le quiten la nacionalidad francesa? Su poder disuasivo es, por lo tanto, nulo. Se trata, dicen, de poder expulsar a un terrorista de Francia en caso de que sobreviva. Pero ¿cómo se exporta un terrorista? ¿En qué medida nosotros aceptaríamos que otro país nos envíe un terrorista binacional? Esto es típico de la visión geocéntrica de la élite francesa que no comprende que el imperio murió hace décadas: ¿por qué otro país debería ocuparse de una persona que nació en Francia y vivió siempre aquí? ¿Porque nos conviene? ¿Porque tenemos los mejores quesos y vinos del mundo? ¿Porque no hay ciudad como París ni cultura y estilo de vida como el francés? Y si el país se niega, ¿qué hacemos? ¿Lo bombardeamos como hoy bombardeamos infamemente Siria e Iraq, para continuar con la racha de asesinatos de civiles inocentes? Y en el caso de quienes nacen franceses y adquieren otra nacionalidad, ¿cómo comprobamos que tienen otra nacionalidad? ¿Solicitando por vía formal a todos los otros países del mundo?

Y, para mi gusto, lo peor de todo: ¿por qué expulsar a un criminal que cometió un crimen aquí para que sea juzgado en otro país? ¿Y si la pena no es lo que esperamos? ¿Y si se fuga y vuelve a Francia con ánimos renovados a terminar lo que quedó inconcluso? ¿Por qué, en definitiva, el Estado francés renunciaría a uno de sus roles más importantes, el de proteger a sus ciudadanos? ¿En nombre de una medida simbólica, de un desaire imbécil que dice, palabras más, palabras menos, que el francés que comete un atentado en su bendito país ya no es francés? ¿Hablamos de gobernar un país o de un concurso de tele-realidad?

Detrás de todo esto, sin embargo, se encuentra Hollande jugando al ajedrez, lanzando bombas de humo a conciencia, generando el suficiente ruido que le permita posicionarse de la mejor manera de cara a la elección presidencial de 2017. Al retomar como propios proyectos e ideas de la derecha y de la extrema derecha, su apuesta es eliminar a la derecha y quedar frente a Marine Le Pen en la segunda vuelta, con una dinámica netamente en su favor (basta recordar lo que sucedió en el duelo Chirac-Le Pen de 2002).

No es difícil verlo, pese a que los periódicos suelan citar en off a políticos diciendo que la gente no entiende las implicaciones jurídicas y se terminará convenciendo de la medida, o que para convencer al electorado nada mejor que un discurso por acá, un beso por allá, un selfie y ya está, violenta manera de bajar a palabras lo que no es otra cosa que desprecio de clase.

Y sin embargo, más allá de la élite de cuellos blancos, más alla de las maniobras de un Hollande que, decididamente, se cree más inteligente que los demás, quedará el recuerdo de un presidente, de un primer ministro, de un país que, frente a eventos innegablemente trágicos, olvidó demasiado rápido la discriminación indigna que apenas siete décadas atrás ejercía el régimen de Vichy, pesadilla que no se ha apagado, cabeza de puente para otros eventos igualmente trágicos que todavía nos avergüenzan y atormentan.

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