Umberto Eco

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El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones?

Chau, maestro, leerte fue siempre un placer e invariablemente una de las mejores formas de aprender. Vuelvo siempre a tus libros. No hace una semana releía La búsqueda de la lengua perfecta, donde siempre, siempre me espera un descubrimiento feliz. En esa novelita que es Thot, que se resume en un cuento que tal vez publique un día, estás presente de principio a fin.

Todavía recuerdo cuando leí El péndulo de Foucault aprovechando los andenes del Sena en verano y la dolce vita de estudiante de doctorado, incapaz de frenar la lectura, retomándola en el metro, en el baño, en cualquier café, hundido en la trama de tal forma que hasta hoy Casaubon, Diotallevi y Belbo son más reales que muchos de mis vecinos. Fascinado por las historias de templarios, rosacruces y masones que me tocan tan de cerca, revivía con pasión y perspectiva complots que poblaron mi infancia, años en los que leí tanta teosofía que hasta a mí me parece inverosímil.

Ya entonces, allá por el 2003, tenía siempre a mano Cómo se hace una tesis, uno de esos documentos monumentos al decir del otro Foucault, indispensables cuando estás sufriendo el via crucis como cualquier doctorando que se precie de tal, ya un poco acostumbrado a que los semiólogos con los que trabajás te traten de manera condescendiente porque, en última instancia, sos ingeniero y no entendés de semiótica, mientras yo sentía que haber leído tu Tratado de semiótica general  me ponía al abrigo de tanta academia satisfecha de su propia imagen en el espejo.

Porque nunca fuiste de esos pavos reales que acarician sus colas en seminarios y defensas doctorales a la espera de su momento de gran retórica. Tus ensayos luminosos son de lo más divertido que he leído en materia ensayística. En un tiempo donde cualquiera abre la ventana social y habla de lo que no sabe con fuerza y convicción, lo tuyo fue hasta el final un acto de resistencia, porque fue tan amplio tu abanico que uno, por ejemplo, se terminaba enterando de la historia de su propio barrio gracias al Cementerio de Praga.

Para quienes sentimos que los libros son una de las mejores formas de la felicidad, para quienes como vos amamos los gatos, la investigación, el genio de Borges, la ironía como escudo, para quienes odiamos la impostura, las banderas, la opresión, la mentira, el oscurantismo, serás por siempre un referente.

Chau, maestro

Felix, qui potuit rerum cognoscere causas

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