L’État nous rend-il meilleurs ? Ruwen Ogien.

ogienHace tiempo que leo con atención los trabajos de Ruwen Ogien, filósofo francés especialista en filosofía moral. Me cuesta mucho encontrar tantos puntos en común en tratados sobre filosofía moral en un tiempo donde los enfoques paternalistas priman. El propio Ogien subraya esto último y agrega algo en lo que me identifico plenamente:

Esto no es para nada alentador para aquellos que, como yo, continúan seducidos por la perspectiva de una sociedad mucho más equitativa desde el punto de vista económico y social pero también mucho más libertaria desde el punto de vista de las costumbres.

El volumen L’État nous rend-il meilleurs ? (¿El Estado nos vuelve mejores?) se divide en una primera parte, donde Ogien desarrolla una serie de conceptos teóricos, y una segunda que condensa un interesante abanico de temas de análisis, desde la moral en la escuela al suicidio asistido o el trabajo sexual, pasando por las desigualdades económicas que, para Ogien, no poseen ningún sentido moral.

Me interesan en particular unos párrafos que me parecen elementales, pero que con frecuencia —conversando con amigos, leyendo la prensa, escuchando al azar en una librería o en el autobús— caigo en la cuenta de que están lejos de ser siquiera comprendidos. Ogien retoma la dicotomía clásica de Isaiah Berlin: libertad positiva y negativa. Resumiendo, la concepción positiva de la libertad consiste en ser dueño de sí mismo, mientras que la negativa consiste en no ser obstaculizado en sus opciones por terceros. Si bien no parecen muy disímiles a primera vista, la libertad negativa se contenta en delimitar el espacio en que cada uno puede hacer lo que desee, mientras que la libertad positiva intenta determinar cómo conviene actuar para actuar libremente, es decir para ser dueño de sí mismo.

En palabras de Ogien:

El problema político de la concepción positiva es que en lugar de delimitar un espacio de libertad que cada uno puede emplear como desee a toda suerte de fines prácticos, determina un contenido específico de la libertad: el control de sus deseos irracionales, la participación activa en la vida pública, etc.

Ahora bien, estos son contenidos a los que no todos otorgamos el mismo valor. Algunos estiman que hay que ir adonde nos lleven nuestros deseos más locos, no los más sensatos o racionales. A algunos no les agrada la confrontación pública y por eso mismo prefieren permanecer retirados de la vida política tal como se expresa en las manifestaciones, las peticiones, la lucha de partidos políticos, etc.

Si la libertad política no fuese otra cosa que el control racional de sus deseos y la participación activa en la vida pública, la perderíamos al elegir estilos de vida orientados al retiro, a la meditación trascendental o los placeres inmoderados, lo que sería una conclusión cuando menos extraña.

Por otro lado, si la libertad política no fuese otra cosa que el control racional de sus deseos y el comprometimiento con un proyecto colectivo, el Estado podría forzar a las personas a renunciar a sus pasiones fútiles y a asociarse a un partido político o una ONG, pretendiendo que no socava en nada su libertad pues, de todas maneras, esas personas no son realmente o todavía libres.

La concepción negativa de la libertad se contenta con definir los límites de un espacio de permisividad al interior del cual no hay ni obligaciones ni prohibiciones. No dice nada sobre qué se debe hacer en este espacio.

La participación activa en la vida pública, que los defensores de la libertad positiva tienen tendencia a considerar como un elemento constitutivo de la libertad política, se convierte en una opción de vida como cualquier otra: nadie debe estar obligado a situarla en el centro de su existencia.

Basta ver de qué manera se distorsionan conceptos como salud pública o dignidad de la persona con el fin de imponer agendas, para comprender hasta qué punto la libertad positiva se ha aceptado como un hecho incuestionable en una buena parte de las democracias occidentales.

Por lo demás, no se trata de estar de acuerdo con quienes preferimos por lejos la libertad política negativa. Se trata al menos de enterarse de que hay una alternativa a lo que se propone como dogma, y que es, como mínimo, una alternativa atendible y legítima.