Burkinis y feminismos

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Puede ser la edad, el fin del verano o esta botella de pinot noir vacía, pero a las prohibiciones del burkini le ha seguido una gran tristeza. Tal vez porque son una-muestra-más de lo que respiramos hoy en Francia, o porque pienso en el futuro de mis hijos, o porque otra vez feminismo y laicidad son los nombres que se le pone a algo que de noble tiene poco.

Entre quienes gritan que en nombre de la libertad el burkini es una opción vestimentaria que no puede ser prohibida y quienes gritan igualmente que es una forma de esclavitud que —también en nombre de la libertad— debe ser prohibida yo me digo lo que decía mi abuelo gallego: pueda ser. A quien lo corregía diciéndole que se debe decir puede ser, él sonreía y respondía invariablemente: pueda ser. Porque llega un momento en que estas dos visiones incompatibles de la libertad —que corresponden a las nociones de libertad negativa y positiva— se vuelven recurrentes, tediosas, eternas.

Entre “vivir y dejar vivir” y “te diré cómo hay que vivir para ser realmente libre” me identifico, por principio y de manera visceral, con la primera. No es fácil, dada la tendencia moralizadora que parecemos arrastrar como especie, adoptar plenamente la noción de libertad negativa, prescindir de paternalismos y buenos consejos, formarse opinión, distanciarse de lugares comunes. Decir, en suma, lo que Nietzsche escribió con lucidez y que resumen pocas palabras: esta es mi moral, estos son mis valores, y sólo yo tengo derecho a ellos.

No es fácil. Hace poco charlaba con un amigo psicólogo, inteligente y liberal, que argumentó largo rato sobre la necesidad de los delitos de opinión porque existe gente que es frágil psicológicamente. Y así vamos de buenas intenciones. Porque no es fácil, sobre todo, ser fiel a la libertad negativa en Francia, un país con cultura de Estado fuerte, paternalista, centralizado e intrusivo, un país convencido de su vocación universal pero incapaz de afrontar honestamente su pasado y presente colonialistas, su sociedad machista gobernada por una élite igualmente machista. El jacobinismo le ha hecho tanto daño a este país, que he charlado con feministas francesas que se vuelven violetas apenas se menciona el velo, pero cuando les pregunto, a las casadas, si adoptaron el apellido del esposo me responden que no se puede comparar: “cambiarse el apellido es una costumbre”.

Pueda ser, me digo entonces, mientras pienso que cubrirse los senos también lo es y me gustaría ver qué dirían estas mujeres si otras mujeres, fieles a costumbres diferentes, les dijeran que deberían llevar los senos descubiertos porque cubrírselos es una forma de esclavitud intolerable teñida de patriarcalismo y religión. Pueda ser, pienso también, porque sucede además que conozco una buena cantidad de musulmanas que optan, por costumbre, usar el velo, sin mencionar que no es una prenda exclusiva de la religión musulmana.

Velo, burkini, apellidos, formas de moverse en el mundo. Tal vez ser feminista no consista en luchar por la libertad de usar velo, burkini o adoptar el apellido del marido al casarse, pero ¿de qué manera la prohibición del burkini les aporta algo positivo a las “mujeres oprimidas por el islamismo radical”? ¿Qué sentido tiene que personas que dicen luchar por la libertad de las mujeres promuevan acciones que lo único que hacen, en concreto, es que esas mujeres no puedan disfrutar de la playa? ¿Cómo puede ser justo un debate de sociedad en el que las mujeres que usan burkini no tienen la palabra? Y sobre todo ¿qué autoridad moral tienen algunas de esas personas, que viven en una sociedad machista cuyas reglas fomentan o aceptan sin cuestionamientos?

Bien lo recuerda Caroline de Haas en un reciente tuit: en esta Francia patria de los DDHH, mientras políticos oportunistas prohíben en nombre de la igualdad, mientras feministas sinceros alientan la prohibición en nombre de una supuesta libertad, algunos datos muestran la realidad que viven las mujeres:

  • Radio: las mujeres representan el 49,6% de la audiencia y el 8% de los presentadores
  • Cultura: de las 100 grandes empresas culturales 93 son dirigidas por hombres
  • Enseñanza superior: las mujeres representan el 55,2% de los estudiantes y el 15,6% de los presidentes de universidad

La desigualdad en las distribuciones puede comprobarse en demasiadas áreas, basta ver lo que son la Asamblea nacional y el Senado, las empresas del CAC 40, los grandes entes estatales.

Por lo demás se sigue confundiendo opinión personal con política de Estado. Puedo sentirme ofendido frente a una mujer en burkini, escandalizarme, poner el grito en el cielo, puedo considerarlo de mal gusto, una forma de esclavitud, estar en profundo desacuerdo, pero ¿con qué legitimidad puedo exigir la prohibición del burkini mientras no altere el orden público?

De quienes adhieren a la libertad positiva la respuesta se adivina: con la legitimidad de quien sabe de qué maneras la mujer debe vestirse para ser realmente libre. Pueda ser. El problema es que esta cantinela recurrente, tediosa, eterna es aprovechada por políticos cínicos y oportunistas, conscientes de que en 2017 son las elecciones presidencial y legislativas y hay que captar cueste lo que cueste el electorado creciente de extrema derecha. Hubo un tiempo en que esta estrategia no sólo era simple sino que no costaba mucho: nada más fácil que pegarles a los musulmanes en Francia. En el contexto actual de atentados es, como mínimo, irresponsable.

Y luego, porque en materia de debate el país es inagotable, se encuentra la argumentación religiosa, esa gran cortina de humo. Una buena cantidad de los políticos que defienden la prohibición del burkini y abusan de la palabra laicidad son cristianos moderados que no dudan en vestir una kipá en eventos públicos o recordarnos las raíces cristianas de Francia. Son los mismos que se excitan prohibiendo la construcción de mezquitas al tiempo que festejan la restauración de iglesias por ser parte del patrimonio, elegante manera de nombrar la costumbre. Detrás de su rechazo de los musulmanes se encuentra en realidad un odio a los árabes (porque un occidental musulmán es una oveja perdida), un desprecio de quienes no son, a sus ojos, más que descendientes de antiguas colonias que bien podrían volver a sus verdaderos países y dejarnos en paz.

De los políticos no espero nada bueno, pero una concepción del feminismo en perfecta armonía con la extrema derecha es de esas carambolas que tal vez sólo en un país tan inestable y vehemente como Francia sean posibles. Defender la igualdad de derechos me parece una lucha elemental y necesaria. Prohibir, censurar, ocultar en vez de ofrecer alternativas reales a quienes supuestamente viven oprimidos, sin siquiera darles la palabra, me parece una actitud detestable. Pero así respiramos aquí, así perdemos el tiempo y alimentamos la prensa y nos detestamos gratuitamente mientras gritamos feminismo y laicidad, así construimos el futuro de nuestros hijos, que tal vez un día nos mirarán y nos preguntarán lo más importante: ¿por qué?

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