Juegos de gallinas, lobos e indígenas

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Semanas atrás, en una playa perdida del suroeste francés, mi hijo y yo buscábamos cualquier excusa para sobrellevar el fin de las vacaciones. Toboganes, moluscos en la orilla, una avioneta acuatizando en la tarde, cotidianas que a su edad significan un descubrimiento mayor, y de pronto, en un pastizal lindante, nos topamos con decenas de niños en plena actividad recreativa.

Los animadores habían separado a los niños en tres grupos que formaban un triángulo generoso. En el centro, a los gritos, una animadora aguijoneaba a cada equipo.

–¡Equipo de las gallinaaaaas! ¿¡Están listoooos!?

El animador del equipo ejecutaba entonces una danza ritual mientras cacareaba, para alegría de los niños y mi hijo, que reía plenamente y repetía está loco el señor, papá, es una gallina.

Fue el turno del equipo de los lobos, que aullaron entre risas, y del equipo de los indígenas, cuyos códigos no logramos descifrar. Y entonces, cuando todo olía a mar y pino, a verano, a descanso que no quiere acabarse, la animadora comenzó a arengar los equipos:

–¡A ver ese grito de guerra! ¡Quiero oír sus gritos de guerra!

Bruscamente alentados por los animadores, los niños gallina cacarearon con vehemencia mientras aleteaban furiosos, los lobos gruñeron y juraron comerse a las gallinas, los indígenas dieron saltos mirando al cielo bajo gritos indescifrables.

Mi hijo los miró sin comprender y me preguntó qué es eso, papá, qué están haciendo los niños, y luego gruñó él también y aleteó como una gallina furiosa, exagerando el gesto para dejar en claro que no era en serio. Podría haberme preguntado qué es la guerra, papá, o por qué los niños se amenazan de esa manera, pero todavía es lo suficientemente pequeño como para creer que el pollo se come pero las gallinas y los gallos no porque son animales, pobrecitos.

Durante la batalla los niños corrieron incansablemente y mi hijo, excentrado, los imitó sin comprender del todo de qué trataba el juego. Luego lo distrajo un perro, enseguida un helicóptero, un castillo de arena distante, y de nuevo se olía el mar, los pinos, los gritos de guerra lejanos de gallinas, lobos e indígenas como un murmullo que preludiaba el fin de las vacaciones.

Guerra, competencia, combate, mensajes que con la mejor voluntad cuatro o cinco animadores adolescentes transmiten a niños que no superan los ocho años. Y mientras mi hijo se llenaba hasta el alma de arena estudiando el castillo con una meticulosidad que sólo un niño de su edad logra, yo pensaba en su futuro, en su educación, en lo hermoso que sería verlo participar en juegos donde los equipos se unen para festejar la sencilla alegría de estar juntos, para lograr un objetivo común, para vencer a la naturaleza, a la ignorancia o la muerte.

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