Emmanuel Macron, la gran cortina de humo

Emmanuel Macron

“Los empleados deben poder trabajar más sin que se les pague más.”
Emmanuel Macron, Foro de Davos, enero de 2016

Quince años en Francia y jamás había visto este nivel de propaganda y autoritarismo latente, esta terrible amenaza a libertades elementales mientras una mayoría hipnotizada aplaude satisfecha, eufórica, en trance. Ni siquiera en la época de Sarkozy, la peor que nos tocó vivir.

Y sin embargo a nadie debería extrañarle de Emmanuel Macron, un oportunista liberal que declaró –mucho antes de ser electo– que pensaba ejercer una presidencia jupiteriana, consciente de que el “populacho” que tanto desprecia no iba siquiera a tomarse el trabajo de ir a la Wikipedia para enterarse de las andanzas de Júpiter.

En un mes de presidencia hemos visto hasta qué punto su pretendida “renovación” no es más que un refrito de políticos tránsfugas y esa ambigüedad llamada “sociedad civil” propuesta para la diputación, en la que el 87% son ejecutivos, empresarios y profesionales independientes, y donde no hay un solo obrero.

Pero eso no es lo peor, después de todo Macron viene de ese mundo y nunca lo ha negado. Lo peor es que en un mes hemos asistido a un endurecimiento de la política contra los inmigrantes, a una agresividad rampante e intento de control de la prensa “disidente”, a un descubrimiento casi cotidiano de candidatos éticamente detestables. Un día nos enteramos de esta candidata a diputada que compró un apartamento insalubre de 23m2 y lo alquiló durante años a una familia de cinco personas. Otro, descubrimos que el ministro Richard Ferrand –mano derecha de Macron– organizó un montaje inmobiliario para favorecer a su pareja en una operación completamente opaca. Luego, la candidata que fue condenada en 2011 por utilización de falso diploma de abogada. Más tarde, el simpático candidato Olivier Serva que durante las discusiones sobre el matrimonio igualitario en 2013 declaró que la homosexualidad es una abominación. Al día siguiente surge la información de Bruno Bonnell, un campeón de la optimización fiscal con maniobras al límite de la legalidad.

Podría seguir, la lista es larga, pero hay tres aspectos que me preocupan todavía más. El primero es el espíritu represivo del que ya hemos tenido un buen vistazo. El ministro del Interior Gérard Collomb, un antiguo socialista particularmente reaccionario, envió a Calais patrullas policiales para impedir que se les diera comida y agua a refugiados clandestinos. Pudimos ver cómo los policías prohibían a voluntarios alimentar a personas en situación de completo desamparo, en este supuesto país de los Derechos Humanos en cuya divisa resuena la palabra fraternidad.

El segundo aspecto es la pretensión censora e intimidante con que el gobierno ha abierto el juego. El ministro de Justicia François Bayrou llamando a periodistas para decirles que no aprecia las investigaciones que están realizando sobre su partido político, el equipo de campaña de Macron presionando e insultando a periodistas por un artículo o una imagen desfavorable a Macron, la ministra de Trabajo Muriel Pénicaud (antigua DRH del grupo Danone) presentando una denuncia porque el borrador de una futura ley se filtró en la prensa.

Porque ese es el tercer punto, acaso el más preocupante: Macron ha avanzado sin mostrar el juego. Ganó, es indiscutible, y las legislativas parecen serle favorables también, pero está lejos de haber ganado una legitimidad por un motivo simple: no ha dicho exactamente lo que piensa hacer y ha sido elegido con porcentajes muy bajos. En la elección presidencial obtuvo los votos del 43% de los incritos; más de la mitad lo votaron para eliminar a Le Pen. Hoy, la elección legislativa ha tenido un 51% de abstención, triste récord de la Quinta República.

Y no ha mostrado el juego. Se ha limitado a decir que gobernará al principio por ordonnances (¿mandamientos?), es decir que el Ejecutivo redactará las leyes al detalle y el Legislativo se limitará a decir sí o no. El contenido del espíritu de dos de las ordonnances se ha filtrado en la prensa. Lo que será la enésima ley de trabajo es un resumen de doctrina liberal destinado a destruir el código laboral francés; los objetivos principales, apenas velados, son bajar los salarios, facilitar los despidos y aumentar la precariedad de las condiciones de trabajo. En otro orden, Macron pretende introducir en el Derecho común una buena serie de disposiciones del Estado de urgencia en el que vivimos desde hace años; es decir que sin control de un juez la administración podrá decidir a quién espiar, a quién allanar, a quién asignar a residencia por tiempo indeterminado.

Y en medio de todos estos signos preocupantes, la propaganda: Macron abrazando a un niño, Macron atendiendo el teléfono del Elysée, Macron haciendo el dab en una visita a una fábrica; y la prensa, con loas que cuesta creer hasta que uno recuerda que el 90% de la prensa francesa está en manos de nueve familias. Loas como las de Le Monde, triste pasquín que alguna vez fue un periódico de referencia: “Emmanuel Macron s’arrête un instant pour prendre un bébé dans ses bras. Ses gestes sont lents, calculés, presque ecclésiaux.”  (Emmanuel Macron se detiene un instante para cargar un bebé en sus brazos. Sus gestos son lentos, calculados, casi eclesiásticos.)

Intimidación y propaganda mediante, la estrategia de la “sociedad civil” en el parlamento cobra sentido. A Macron le importa poco la renovación, un argumento de fachada, sino disponer de una mayoría parlamentaria poco politizada, dispuesta a votarle sus leyes sin molestar demasiado. Las entrevistas que he visto de unos cuantos de estos candidatos de la “sociedad civil” son penosas: personas sin pensamiento estructurado, sin mayor reflexión ideológica, convencidas de que su buena voluntad bastará para hacer el bien. Entre ellas hay muchos liberales de buena voluntad que juran, por ejemplo, que para poder crear empleos es necesario facilitar los despidos. Si alguien les señala que el aumento, en los últimos treinta años, de las políticas liberales en Francia no ha hecho disminuir el paro jamás, responden invariablemente que no se ha profundizado lo suficiente.

Pocas ideas se me ocurren menos inteligentes que la de brutalizar a una sociedad como la francesa de la manera que prevé Macron, un personaje que confunde ser brillante con ser más vivo que todo el mundo. Por eso necesito hoy dejar constancia en estas torpes líneas de la gran crisis social que nos espera en Francia: Emmanuel Macron no dispone de una base real para sus reformas radicales pero está decidido a pasar a la fuerza. Un golpe de estado social de esta amplitud no puede sino terminar mal, con una respuesta de una violencia equiparable al ataque ilegítimo y solapado que se prepara.

Francia, quinta potencia económica mundial, disuasión nuclear, años de historia, de luchas sociales, un polvorín en manos de un parlamento de godillots y un Júpiter Narciso capaz de cualquier cosa que favorezca a los grandes intereses que lo llevaron al poder.

2 thoughts on “Emmanuel Macron, la gran cortina de humo

  1. bien dicho.
    desde tony blair y su “tercera vía” hemos visto como la socialdemocracia abdica progresivamente de su tarea histórica de levantar el estado de bienestar, y compra el discurso neoliberal sin reservas y hasta con entusiasmo; la llegada de estos salvadores era solo cuestión de tiempo. quizás corbyn sea una muestra de que cuando no se menosprecia a la gente y se proponen ideas claras que responden a las necesidades reales, se puede, o al menos, se genera un poco de esperanza.