Triple seis

Y su nombre es Thierry. Vagos rasgos de lechuza marcan sin clemencia su rostro, y su bien ganado apodo de El autista —un máximo de diez palabras intercambiadas cada día— no oculta, al buen observador, un carácter particularmente abyecto. He sentido más aprecio por ciertos insectos que por él (pienso, por ejemplo, en las innúmeras arañitas desalojadas por la ventana con una servilleta). He tenido, me consta, niveles de comunicación más elevados con algunos insectos que con él. Baste observar que en el juego de apagar la luz para que el mosquito zumbe prenderla y plaf hijo de puta estás muerto hay una complicidad lustral y en cierto modo lúdica. Pero no, imposible, ardua tarea será el plaf en plena oficina, ver a Thierry como una hoja de palma contra la pared, descender indeciso en su deceso, darse contra el suelo, aplastado, hijo de puta estás muerto.

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Lágrimas

La tristeza lame lentamente las últimas gotas de vino. La copa vacía. Lágrimas gruesas, orgullo vitícola u otra forma de indagarse en un espejo borroso, en pleno Copenhague. Something is rotten en la imagen que le devuelve, alguien que nunca fue y que ya tiene treinta y cuatro años y sigue buscando a tientas un camino, un descanso, una tumba. Puede sucederle en La Habana, bajo rigor de canícula, en una Lisboa que cubría a Gandhi con flores de jacarandá, o en tierras de Hamlet, en casa de Søren, anfitrión burgués a la medida de un film de Berlanga. La charla se mueve indecisa del francés al inglés, del incomprensible danés a unas pocas palabras en español que los comensales festejan como los niños sus primeras escatologías. La gran terraza tiene vista al mar, a un agua que no huele como la de Montevideo porque jamás podría oler tan entrañable. Camarones. Arenques. Papas y cebollas como cuando los vikingos. Mucho vino. Más lágrimas en una velada que honra la formalidad distendida del danés.

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Cuando en tierras extrañas miro triste

Bueno, ocurre otra cosa: yo estaba en el año sesenta y uno en Austin, Texas –un territorio que yo quiero mucho– y había un señor paraguayo. Y me hizo oír unos tangos. Yo estaba avergonzado, se llamaban A media luz, La cumparsita, no recuerdo los otros… Y pensé: qué horror, voy a tener que simular que me gustan y a mí me parecen una vergüenza. Luego me di cuenta de que estaba llorando. Es decir que mi cuerpo lo sentía de otro modo.

Imposible contarlo de mejor manera. Pero eso ya lo sabés, vos que también pernoctás bajo este cielo que no es el cielo de tu tierra, vos sabés muy bien por qué recluido en el baño luego de una reunión con un potencial cliente, Herr Doktor evocó, durante cinco minutos que le parecieron un desahogo eterno, esta confesión que Borges le hace a Carrizo en sus memorables Conversaciones.

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