Isla Negra (fragmento)

Pendant que la marée monte

Et que chacun refait ses comptes

J’emmène au creux de mon ombre

Des poussières de toi

Noir désir

La palabra es una caricatura miserable

Abelardo Castillo

1

Quisiera ahora no haberlos visto, desde la terraza del restaurante, atravesar los médanos aquel mediodía; lentos, esperanzados, incapaces de soportar el sol de agosto y la calima, esquivando las matas que entorpecen el acceso a la playa. El hombre entonces no se llamaba Soren ni había nacido en los suburbios de Copenhague; era apenas una mancha lechosa junto a una mujer espigada y rubia. Inmóvil en la terraza del restaurante, los observé un segundo más mientras una voz extranjera reclamaba su porción de bacalao, y pensé en ese inútil peregrinaje. Alemanes, ingleses, nórdicos, lagartos pálidos buscando una tumba lejos del frío; indiferentes y ya vencidos, cualquier rincón los persuade mientras queme el sol y sobren distracciones en que malgastar la jubilación y los últimos años de hastío.

La pareja franqueó penosamente el camino rocoso que limita los médanos y se acercó al restaurante. Extrañado de pronto por su edad, por los gestos de júbilo reprimido e insensato, por sus voces llenas de color, sospeché, más extrañado todavía, que no buscaban una tumba lejos del frío sino aventuras. La mujer pasaba el brazo por la cintura del hombre, balanceando el cuerpo en una cadencia alegre; estudié con curiosidad las hebillas curtidas de sus sandalias, las piernas largas y firmes apenas cubiertas por el pareo turquesa. Todavía jóvenes, detenidos bajo el olor a fritura y salitre, dudaron mientras leían el menú en la terraza del restaurante. Dos flamencos rosas asomándose con inocente asombro al gallinero del pueblo, dejando entrever apenas sus largos cuellos torneados por encima del tumulto de plumas ralas, del olor a barro y guano, de la desidia del que se sabe condenado a muerte. Los años traen palabras; la voz de la mujer proponía sonoramente sild, kartofler, olie, ajustando el cuerpo tibio al de Soren. Ese mismo mediodía, empleando una artimaña que prefiero olvidar ahora, supe que se llamaba Lita.

Mientras distribuía cervezas a unos holandeses ya borrachos, los observé sentarse a una mesa en la terraza, cercanos a las poltronas y hamacas que a esa hora sin sombra nadie se atreve a ocupar. Sonreí ante su naturalidad, la frescura de una pareja que ha pasado sin hijos los cuarenta, que busca aventuras en un balneario poblado por lagartos moribundos. Soren sostenía la mano de su mujer por encima de la mesa, la ropa arrugada y con roces, un reloj de marca descuidado. Lo imaginé —semanas antes de tener la certeza— dueño de una fábrica de maquinaria agrícola en crisis, impartiendo órdenes a subalternos solícitos, a obreros unirrostros, incapaces de imaginar al patrón en un destino soleado y apacible. Ordenaron cerveza y arenques marinados con papas y cebollas, y aunque esa decisión predecible los deslució un poco, aprecié el esfuerzo de hablar en español. Sólo para oír una vez más su voz, le pregunté de nuevo a Lita cuál cerveza prefería; de pie con el bloc de notas y una sonrisa sincera, resistí su acento cálido pronunciando Santa Cruz, los ojos verdes que me miraban fijamente. Comieron con calma, hundidos en su palidez nórdica durante algo más de una hora; charlaban con fluidez bajo el griterío aleatorio de las gaviotas y las risas de los lagartos moribundos, que explotaban de pronto en el restaurante con una exaltación inexplicable. Aprovechando mis desplazamientos entre las mesas vecinas, pude oír que se alojaban en el hotel Tropical, un condominio apreciado hace veinte años, cuatro estrellas mentirosas donde un personal mal pago persevera en el desgano y el mal gusto; otra manera para ellos dos —pensé entonces— de aceptar un tren de vida en decadencia.

Esa misma noche, al terminar mi turno, regresé a casa bordeando el único campo de golf que no ha sido apropiado para construir huertas o vencido por una soledad amarillenta. Alguna vez el balneario fue tapa de revistas; mucho antes de la crisis los dos kilómetros de playa, el puñado de hoteles de lujo, los trescientos veinte días de sol al año eran disputados ferozmente por las olas migratorias de turistas selectos, convencidos de su derecho natural a gozar antes que nadie del paraíso.

En mi cuarto me esperaban el mismo olor a perro mojado y un cuadro a medio pintar. Me esforcé por retomar el galeón que escoraba con su velamen desdibujado, una marina tan ingenua como todas las marinas que he arruinado, pero los brazos me pesaban del dolor. Intenté dormir sin pensar en la nueva jornada que me esperaba; media hora más tarde, sintiendo que el cuerpo cansado no me pertenecía, me vestí y fui a explorar los alrededores del hotel Tropical. Deambulé por la costanera, ancha y descuidada, donde la cantidad de buitres promotores buscando clientes suele igualar a los turistas, hasta encontrarlos en uno de los bares nocturnos. En medio de treinta o cuarenta lagartos que se movían al ritmo de una bossa nova insulsa, talentosamente arruinada por tres músicos profesionales y apáticos, los vi bailar apretados; Lita sonreía, mordiéndose los labios mientras Soren, con pantalón crema y camisa blanca, los dientes brillando intensos bajo la luz violácea, le hablaba al oído.

Me instalé en la barra, a cuatro o cinco metros de distancia. Estudiando los gestos del hombre, la manera de ajustar el cuerpo de su mujer al suyo, el vientre burgués sobresaliendo apenas, la certeza de estar en lo cierto siempre, se me ocurrió uno de los tantos que arañan el éxito; demasiado inteligente como para creerse genial, demasiado flojo como para destacar a cualquier precio, demasiado codicioso como para mostrarle el juego a un desconocido. Supe que el hombre estaba allí para quedarse. Porque ya esa primera noche, aún sin conocer los contornos exactos de su mundo comprendí, como luego les confiaría a los hermanos Sastre, que a ese hombre nada de su vida previa le importaba ya: los obreros, la fábrica, los probables familiares y amigos, todo eso pertenecía a un mundo pasado que había venido a enterrar al balneario. El hombre estaba acabado, un lagarto joven que terminaría pidiendo cerveza ruidosamente, hinchando el aire con el tintinear grosero de las jarras llenas; pero la mujer podía salvarse. Hice contacto visual con ella y la vi dudar un segundo, como si me reconociera, pero de inmediato cerró los ojos y volvió a hundirse en el pecho del hombre.

Durante una hora odié en silencio el olor a sudor y perfume caro del bar, la mueca del barman al servirme la cerveza más barata, el trío de músicos previsible y sin alma; cuando Soren y Lita se marcharon, tambaleándose apenas, visiblemente excitados, los seguí sin apuro hasta verlos perderse tras la gran puerta de vidrio del hotel Tropical.

Al día siguiente postergué la siesta que sigue al turno del mediodía y recorrí la playa; los había visto desde el restaurante caminar despreocupados, enterrándose por momentos en la arena blanda, hacia la lengua de rocas que separa la playa mayor del puerto. Distinguí a Lita en una poltrona, protegida por dos sombrillas y una capelina blanca, el rostro pegado a una revista veraniega, y sentí de nuevo que esa mujer podía salvarse. A pocos metros un hombre asaba sardinas en una chalana cubierta de arena y ceniza; si me dirigía a su puesto, cruzarme con la mujer resultaría inevitable; al pasar a su lado la saludé en silencio con un gesto breve, deteniéndome tal vez un poco, indeciso y sin dignidad, y noté que esa vez sí me había reconocido. Recibí su pregunta con asombro.

—¿Sabe cómo ir a la Isla Negra?

Miento. Soy incapaz de registrar su sintaxis improbable, como tampoco hay manera de describir el acento que me trabajó durante meses, de narrar fielmente la cantidad de virtudes que debilitan los años pero que se mantenían en esa mujer.

—Nadie va a la Isla Negra —respondí confuso tras acercarme a ella—. Está prohibido.

—Oh —rió—, el conserje nos habló de esas supersticiones.

Para ateos y cínicos, convencidos de que sólo lo tangible es ley, las historias sobre la Isla Negra son supersticiones, balbuceos de borrachos o fanfarrones sin gloria, que en el balneario nunca han faltado. La miré bajo el sol intenso, pretendiendo no reparar en su bikini minúsculo ni en las piernas que movía sobre la poltrona de manera casi infantil, y tuve la certeza de que lo decía para provocarme.

—Está declarado territorio prohibido —dije—. Realmente no se puede ir.

Me habría propuesto yo mismo a llevarlos a la isla si no estuviese manchada de lo que ella llamaba supersticiones pero que nosotros, anclados al balneario desde el nacimiento o el exilio, reales o imaginarios hombres de mar, respetamos con un temor silencioso. En un clima como el nuestro, donde sólo el almanaque distingue verano e invierno, nunca falta el turista del mes que llega para evocar las pesadillas de serpientes venenosas, los cocodrilos que custodian implacablemente la breve extensión de la isla, el canibalismo de una supuesta tribu oculta en el follaje denso. Por encima de la revista, la mujer me estudiaba con una sonrisa divertida.

—Lo vi ayer de noche en la discoteca —dijo de pronto, señalando con un cabeceo en dirección del mar.

Soren regresaba del agua, una máscara de esnórquel en la mano, jadeando como un cachorro sediento. Se acercó a nosotros con calma, seguro de su territorio, con un gesto impersonal al reconocerme, eludiendo apenas toallas y cuerpos que recibían el latigazo de arena resignados.

—Soren —dijo Lita levantando la voz en su dirección—, Jairo también dice que no se puede ir a la Isla Negra.

Me sorprendió, con inesperado orgullo, que la mujer recordase mi nombre del día anterior. De pie frente a mí, un palmo más alto que yo, el hombre reflexionó un instante, como si la frase de Lita admitiera una segunda interpretación. Luego desplegó su sonrisa de comerciante y apoyó la mano mojada en mi hombro, presionándolo apenas con sus dedos largos y cuidados.

—El dinero no será un problema —dijo bajando la voz—. Si usted nos hiciera el favor. O si conoce a alguien, yo podría…

Girando el cuerpo para quitarme su mano de encima, aplaqué el gesto mecánico de su otra mano que se dirigía al bolsillo inexistente; sonreí cordial, impasible, desviando la mirada de sus ojos de águila hacia el espeto de sardinas, y les pregunté si se quedarían en el balneario mucho tiempo más.

—Nos tomamos un año sabático —respondió el hombre—. En Copenhague… El frío…

—Nos gusta mucho explorar —interrumpió Lita—. Nos gustaría conocer la Isla Negra. Creímos que se vería desde el balneario.

Contuve el deseo frente a su expresión de asombro, las ganas de asegurarle, convencido y sin futuro, que perdía el tiempo con ese hombre. Detallé luego, para no defraudarlos, la supuesta ubicación de la isla, su caprichosa e imaginada geografía, las tres, cinco u ocho horas de navegación necesarias, según la miseria alcohólica de quien narrase la falsa aventura. Y entonces, por un cálculo del que hoy me arrepiento, me ofrecí, rechazando de antemano toda propuesta financiera, a mostrarles el balneario en mi tiempo libre.

2

Por la tarde los cuerpos pesados y toscos de los hermanos Sastre franquearon la puerta trasera del restaurante.

—¿Una nueva conquista del pintor? —preguntó Joaquín, entrando en la cocina con tres cajas de arenques.

Me encontraba de pie junto a la ventana abierta, fumando mientras repasaba todavía la respuesta ambigua de Soren, el agradecimiento insincero a mi oferta, calculando con resignación la hora exacta en que llegaría el primer lagarto hambriento a reclamar su plato de comida. Di una pitada larga y presté atención al cormorán aleteando en el brazo derecho de Joaquín, el tatuaje cansado que hinchaban los músculos, hasta encontrar la mirada burlona pero sincera del amigo pescador. Me habían visto cuando regresaban del puerto.

—Me preguntó por la Isla Negra —dije.

—¿Ya? —se extrañó Pedro, entregándole las cajas de gambas y boquerones a uno de los cocineros.

Me encogí de hombros sonriendo débilmente. El acuerdo no es frecuente entre nosotros tres, pero maldecimos amables a los mismos turistas que como una resaca invencible encallan en el balneario para gastar su dinero hasta desaparecer sin dejar huella. Y aunque la turba de cuerpos demasiado pálidos que invaden la playa, las voces de idiomas lejanos que dictan su ley nos resultan una derrota apenas aceptable, nos entristecemos incomprensiblemente, después de la cuarta o quinta cerveza, al ver los ancianos que llegan al balneario a mediados de diciembre. Tras el control de la mercancía por parte de los cocineros, salimos para poder charlar tranquilos. Les dije que el hombre estaba dispuesto a gastar un buen dinero en una excursión ilegal; los Sastre se miraron nerviosos y comentaron su jornada, no más extenuante que la anterior o la que soportarían al día siguiente; luego de comentarios sobre el mar, las últimas reglamentaciones de pesca (que los estaban arruinando) y los nuevos rumores del balneario, volvieron a la pareja de daneses.

—La mujer es hermosa —dijo Pedro—, pero vas a tener que matar al holandés antes.

Corregí la nacionalidad no sin analizar con calma las palabras del hijo menor de Pepe Sastre, el último pescador artesanal de la zona. Supongo que para el hijo de un veterano como él, hábil afirmador —sin que nadie lo contradiga por respeto— de sus días jóvenes de ballenero en alta mar, y hasta de cazador de lobos marinos en los islotes cercanos; para alguien consciente de que un día cualquiera el barco zozobra y no queda ni el privilegio de una tumba, suprimir a un rival es una operación razonable. «Los lobos no dejan cardumen vivo», suele decir su padre con calma, acariciándose el rostro correoso mientras recuerda los arpones sangrientos, sin orgullo o violencia.

—El hombre está enorme —agregó Joaquín, tanteándome el brazo delgado—. Vas a tener que alimentarte un poco.

Los dos hermanos rieron, siempre amenos, seguros de que veinte años de amistad amortiguan la ironía.

—Puede ser un negocio interesante —insistí, pensando de pronto cuánto ganaría yo si tuviese el coraje de navegar unas horas—. Una excursión de un día. Tal vez pasar una noche en la isla, lo que aumentaría considerablemente el precio del viaje. La pareja de daneses quiere un poco de aventuras y no tienen aspecto de ser muy exigentes. Al menos la mujer. Si yo fuese pescador…

—Andresito dice que buscó en Internet y la isla no existe —dijo Pedro.

—Al hijo de Roque le sobran voluntad y tiempo pero le faltan neuronas —respondí sin burla—. ¿Cómo no va a existir una isla declarada territorio prohibido por el Estado? Lo que no existe es un testigo creíble.

Hablamos luego de la isla, de nuestra ignorancia más allá de las historias, y nos dejamos emocionar o indignar por testimonios inventados. No recuerdo en qué verano o invierno llegué al balneario, buscando un destino mejor o tal vez huyendo sin pensar de algo que yo no alcanzaba a llamar vida; pero después de escuchar las historias nunca me interesó conocer la Isla Negra. Sé que los hermanos Sastre, nativos del balneario, lo intentaron alguna vez, por codicia o curiosidad, acaso intentando vencer las leyendas, sin suerte. Sintiendo con gusto la brisa tibia, fumando lento en ese paréntesis vacío de lagartos, escuché la inverosímil explicación de Andresito sobre la prohibición estatal: la posibilidad de una isla fantasma, su aparición espuria en un mapa mundi medieval, la ignorancia o pereza de los cartógrafos que lo copiaron, y la burocracia —estúpida y ciega como toda burocracia— que decidió declararla territorio prohibido en base a rumores. Era tan sólo una historia bien construida, demasiado bien para un muchacho como Andresito, y me costó poco para que los hermanos Sastre vieran, no sin desagrado, que sobraban historias en torno a la isla.

—La mejor de todas es la de la peste —dijo Pedro de pronto—. A veces en el barco levanto la red con miedo de arrastrar un esqueleto; pienso en los supuestos sobrevivientes. Me gustaría saber a quién puede ocurrírsele algo así.

—A un sepulturero nostálgico —bromeé mientras encendía un segundo cigarrillo—, a un enamorado de la morgue, un perverso; sólo alguien así puede reducir la Isla Negra a un depósito de muertos. ¿Y para qué enviarían a los contaminados por la peste negra a un lazareto, sabiendo que no tenían cura?

—¿Para sacárselos de encima? —preguntó Joaquín.

—Hay métodos más eficaces y menos costosos —dije—. Lo otro, la hipótesis de los inocentes, es más plausible aunque igualmente perversa. Pero es cierto que una ictericia, una gripe fuerte o cualquier comportamiento incomprensible eran motivos suficientes de sospecha en la época. Si lo del lazareto fuera cierto, la isla no escasearía en inocentes. Pero ya después la supervivencia de esos inocentes, una descendencia embrutecida por la endogamia y el contacto continuo con los muertos dueña ahora de la isla, me parece un disparate.

—Según Andresito —dijo Pedro—, lo de la peste es un invento del gobierno para asustar a la gente de la costa y a los buscadores de tesoros.

—Según Andresito —dijo Joaquín mirando a su hermano menor—, un día igual pescamos una sirena.

Sus manos, curtidas e inquietas, traicionaban el tono irónico de la voz; pensé que aunque pocos en el balneario daban crédito a la historia de la peste negra, los Sastre, educados en el respeto al mar y las jornadas duras e interminables, no podían más que temerla. Me disponía a preguntarles por las fuentes de Andresito cuando una barra de siete inglesas afectadas y ruidosas decidió lo contrario.

3

Durante días me resigné al ritual de la playa. Casi siempre desde la terraza del restaurante; a veces por la ventana sucia del depósito, donde un camastro era testigo de mi siesta malograda. Lita y Soren bajaron cada mañana empujando el aire azul desde el hotel Tropical, de la mano o abrazados, buscando presurosos el abrigo de las sombrillas. Vi al hombre, irreprochable bajo sus lentes de sol, camisa blanca entreabierta, alzando el brazo seguro para llamar al muchacho que vende helados y refrescos, exagerando luego el movimiento de manos al pagar. Creí adivinar en Lita, en su silencio escondido tras la lectura ocasional, en su forma de bajar a la playa como se asiste al velorio de un desconocido, su decepción por la insalvable chatura del balneario. Lita repetiría el fastidio luego, postergando el placer en la cama, en cualquier bar nocturno, en las bañeras todavía lujosas del hotel Tropical. Sé que durante días, ansiosos por conocer la Isla Negra, se enfrentaron a la misma negativa, como yo, un poco ausente de las comandas, de los clientes confiados y ruidosos, de los cientos de cervezas que servía cada jornada, tuve que enfrentarme a los sacudones verbales de los cocineros, cansados de mis faltas de atención.

Esperando una respuesta a mi oferta imaginé destinos, modifiqué pasados de un continente borroso, jugué con la baraja completa del que no tiene nada que perder, y concluí una y otra vez que la mujer podía salvarse de la previsible decadencia. Mi esperanza diurna, empañada por el cansancio y los lagartos, se fortalecía por la noche, cuando me enfrentaba al cuadro para dar forma a mi galeón tímido en alta mar, tentado por incluir una mujer en cubierta; pero con el paso de los días fui saboteando mi fantasía, midiendo tramposo el peso de mi deseo, hasta concluir, replegado en un silencio resentido, que la mujer tan sólo me había provocado con su comentario sobre el bar nocturno. «Tal vez me usó para darle celos al marido», me descubrí pensando en la ducha o en plena madrugada, aceptando el carácter disonante de una mujer en la cubierta de un galeón.

Durante ese largo ensueño, un día a media mañana llegó Delaunay, el dueño del restaurante. Comprendí entonces que estábamos a principios de mes y que Delaunay, impecable como siempre en sus ropas de lino, nos visitaba para impartir las directivas consabidas, los falsos elogios seguidos de su paternalismo amenazante, los sobres con los billetes que completaban el miserable sueldo nominal. Siempre inalcanzable, Delaunay ajustó algunos precios, opinó sobre platos que en su vida ha probado y dictaminó objetivos imposibles para el mes, arrastrando las erres unos minutos más hasta desaparecer por la terraza del restaurante, en dirección de la costanera. Recién entonces me di cuenta de que no le había mencionado la nueva marina, ideal para adornar las paredes austeras del restaurante. Aunque estaba convencido de que Delaunay se negaría, amable y seco como las veces anteriores, tenía la esperanza de ganar un dinero extra. Mientras entreabría el sobre liviano me vi a mí mismo con setenta años distribuyendo con dificultad bacalaos y cervezas, soportando las míseras propinas, agradeciendo tal vez la sordera que disminuiría las voces rotundas de los lagartos. Era un destino aceptable en el balneario, donde muchos locales confunden el éxito con algo apenas mejor que la supervivencia, pero en más de una noche demasiado larga había aspirado a la dignidad. Intercambié con los cocineros una palabras sucias; repetimos sin convicción los insultos tópicos, las promesas hipócritas de abandonar el trabajo, y volví a pensar en la Isla Negra, en el límite que el danés se habría impuesto pagar por algo así.

4

Recién volvieron al restaurante el primer día de la tormenta tropical. Soplaba un viento denso, las ramas de las palmeras oscilaban, se agitaban de pronto y parecían colapsar en un golpe violento. La playa, con su arena ahora viscosa y pardusca, era un cementerio de gaviotas y palomas, vestidores cerrados, poltronas y sombrillas de alquiler temblando abandonadas, algunos perros como manchas color tierra, dueños del malecón y los cubos de basura. Lita llegó arrastrando un fastidio mal disimulado y apenas me acerqué a su mesa me lanzó sin forzar siquiera un gesto amable:

—Creí que aquí nunca llovía.

Aun así, dedo índice condenando el cielo ceniza, voz cargada de mal sueño, la mujer era hermosa. Me imaginé pintándola en esa pose exacta, desnuda.

—No es frecuente a esta altura de la primavera —respondí, sintiendo la obligación estúpida de defender el balneario—. Es una tormenta tropical. Con suerte sigue de largo y vemos el cielo de nuevo.

—No le haga caso —terció Soren—, es que vinimos por el sol.

—Y por la Isla Negra —dijo Lita abriendo el menú con desgano—. O al menos algo más entretenido. Dígame, ¿la Ruta del viento vale la pena? Nos han dicho tantas cosas contradictorias. Que es un paraíso para hacer parapente y aladeltismo; que no hay manera más eficaz de matarse; que no hay mejor vista de la costa; que el viento hace insoportable cualquier visita. Pero si es como los trescientos veinte días de sol que mencionan las guías turísticas, no sé qué pensar.

—¿Los acantilados? —dudé.

—Siéntese a comer con nosotros —propuso Soren—, yo invito.

Remedando su sonrisa cortés sin esfuerzo, agradeciendo primero, le expliqué que si yo me sentaba a comer con ellos, los platos nunca llegarían. De pronto Lita sonreía también mientras observaba la arena golpear contra los ventanales del restaurante vacío.

—Si no hay clientes —dijo—. Coma con nosotros.

—Usted nos propuso mostrarnos el balneario —continuó diciendo Soren; balbuceé afirmativo, esforzándome por contener todo signo de alegría—. No queríamos abusar pero estamos cansados de hacer siempre lo mismo. Hay muchas excursiones profesionales, folletos de colores, fotos que impresionan, pero nos gustaría algo más intimista. Queremos recorrer la Ruta del viento con los ojos de un local. ¿Comprende?

Mentía, por supuesto. Días atrás, en mi lunes libre, lo había visto en lo alto de la playa como un niño que de pronto se descubre hombre, ignorado por la diáspora de lagartos que intentaban sin éxito broncear su piel demasiado blanca. No había conseguido distinguir la embarcación que lo impulsaba, pero Soren, ajustado al arnés del paracaídas, paseaba sus ojos de águila sobre el balneario desde los treinta o cuarenta metros de altura. En una poltrona a la sombra, Lita dejaba pasar el tiempo sin prestar atención al marido paravelista, visiblemente cansada, ella sí, de hacer siempre lo mismo. Durante los días previos los había observado demasiado como para no comprender que eran producto de la costumbre, de los años que adormecen cualquier impulso de cambio y mejoría. Se puede vivir así. Se puede morir así, rodeado por una familia silenciosa, agonizando en la cama mientras se evoca un pasado pleno en apariencia. El hombre no la amaba; esto cualquiera —salvo la mujer— podía verlo. Al menos no la amaba como ella se creía amada. Pero al verla indiferente ante el marido allá en lo alto, me entusiasmó la posible reciprocidad. Ese lunes, furtivamente me había acercado a ella con dos o tres frases preparadas, pulidas durante noches en la cama o frente al cuadro del galeón; me había acercado despacio, anticipando lentamente mi fracaso hasta arrepentirme y volver al restaurante a intentar dormir la siesta.

—Mire que no hay ninguna obligación.

La voz de Lita me arrancó de mi ensimismamiento. Con falsa familiaridad les tomé el pedido y concedí adelantar mi porción de sardinas a la plancha, convencido de que, en definitiva, podría averiguar tal vez las dos cosas que me interesaba saber de ellos: qué hacían en ese balneario cementerio y por qué seguían juntos.

—¿Los dos nacieron en Copenhague? —pregunté mencionando la única ciudad danesa que conocía.

—Soren sí, en Taarbæk, un suburbio al norte de Copenhague. Muy bonito, bordeando la costa, debería conocerlo. Yo soy de Aarhus —sus ojos verdes me midieron un instante; luego explicó—: imagine una gran bahía, un casco histórico, muchos estudiantes… Lo sé —admitió resignada ante mi silencio—, queda tan lejos como Copenhague.

Procesé los nombres de las ciudades con lentitud mientas masticaba un bocado de sardina, cabeceando aprobatorio, reprimiendo los recuerdos de la bahía y el puerto de mi ciudad natal. De pronto, en un sincronismo imposible de calcular, Soren comenzó a describir el puerto de Taarbæk, sus embarcaciones de recreo lamidas por las aguas calmas del estrecho de Sund, los clubes de tenis y esquí acuático, una historia que era la de cualquier pueblo de pescadores derrotado por la codicia caprichosa de la pequeña burguesía. No había nostalgia en su voz; tampoco orgullo. Tan sólo para sondearlo, mencioné a los vikingos. Pocos pueblos descreen de su destino único. Los libros de historia abundan en supersticiones agradables, amplificadas luego por la inventiva popular y los políticos de turno. El gallo francés es el único animal que hundido en la mierda igual canta; los estadounidenses y su águila calva bendijeron continentes con su libertad única y envidiable; los árabes comerciaron el cero mientras mostraban el camino a la luz en la cerrazón medieval; se puede creer en la excepción de una garra nacional o de un destino único decretado por algún dios, pero basta ver a los africanos que intentan ganarle una pulseada a muerte al Mediterráneo, a la tenacidad de las aldeas montañeras o a los esquimales que combaten la incertidumbre como pueden, para poner en perspectiva el supuesto rasgo exclusivo del que goza la historia de cada pueblo. Confundiendo —sin saberlo, sin que le importase— una opinión con un argumento, Soren repitió lugares comunes con singular inmodestia, hasta que su cara adoptó el rictus de quien ha agotado su discurso comercial.

—Es una historia fascinante —opiné.

Como un par de estalagmitas pardas, los cocineros seguían el improbable almuerzo, calculando sin duda si podrían sacar algún beneficio ellos también. Soren sonrió complacido, buscando la mirada de Lita, que apenas si había prestado atención a su discurso verboso y vagamente nacionalista. Comía metódicamente sus arenques; podría haber sido una sorda, una extraña, un robot programado para simplemente hacer compañía.

—Supongo que la idea de este balneario fue suya —le dije.

—¿Qué le hace pensar eso?

—Intuición —respondí cauteloso—. Se me ocurre que ha viajado mucho y conoce el país.

—Se equivoca. Bueno, sí he viajado, pero un mes atrás ni siquiera sabía que existían estas costas. El lugar lo eligió Soren —el danés asintió—. Ahora que lo pienso, un destino más típico no habría estado nada mal. Me interesaba más conocer Capadocia o la península malaya, pero Soren sabe convencer.

Me sorprendió el desapego con que pronunció la última frase. No parecía una forma de resignación o una penosa manera de expresar un desacuerdo frente a un tercero, pero algo en su mirada, de pronto fría, como vacía o impersonal, me llenó de curiosidad.

—Cuando decidimos tomarnos el año sabático —dijo Soren—, un amigo nos recomendó estas playas.

—En realidad nos convenció hablándonos de la Isla Negra —interrumpió Lita—, y se cuidó de decirnos que estaba lleno de viejos. No es un amigo —le hablaba a Soren—, en realidad lo conoces muy poco.

—Hace años que trabajamos juntos —dijo Soren.

—¿Usted es dueño de una empresa? —pregunté de pronto, incapaz de refrenar una duda que ya llevaba semanas.

—He notado que es buen observador —replicó Soren inflando de pronto la cara angulosa.

—¿Maquinaria agrícola? ¿Algún tipo de cultivos?

—Caramba —rió mirando a Lita—, es más bueno de lo que imaginaba. Tractores, sembradoras y cosechadoras principalmente. Aunque cada vez se fabrican menos en Dinamarca; se importan; es una vergüenza… Dejé a mi hermano a cargo.

El acento de Soren, con resonancia marcial, distaba de la prosodia involuntariamente sensual de Lita, de las palabras formadas por sus labios, su lengua, sus dientes. Soren había pronunciado caramba derrapando en la ere, sonando fuera de tiempo, un diálogo de telenovela en un idioma tan ajeno como el sol constante. Pero a pesar de sus acentos y faltas esperables, ambos dominaban muy bien el español. Me disculpé por una posible indiscreción y les pregunté cómo era posible.

—Negocios —respondió secamente Soren—. Dígame, ¿cuánto tiempo se demora en llegar a la Ruta del viento?

Registrando con calma la reticencia del danés, les expliqué brevemente el recorrido.

—Debemos esperar a que la tormenta tropical se aleje —agregué luego.

—Qué gracia tendría entonces —protestó Lita—. Cuanto antes, mejor.

Me forcé a sonreír, incapaz de responder, buscando las palabras, consciente de que yo también quería verla cuanto antes, en los acantilados de la Ruta del viento, en la playa, en su habitación en el hotel Tropical. No era posible preguntarles frontalmente por qué seguían juntos, pero al verlos ahí, los cuerpos en una distancia amena pero calculada, el surgimiento natural de frases convenidas, el hedor a confort adormecido, me dije que no estaba equivocado, que ellos seguían juntos por costumbre y que, sin duda, no lo sabían aún. Ignorando la lluvia que sacudía ruidosamente el restaurante, charlamos hasta los cafés sobre la Ruta del viento, y cuando se marcharon, sin que hubiésemos pactado un día preciso para la excursión, pensé que tal vez estuviesen un poco locos. Lita había insistido en subir a los acantilados pese a los vientos que golpeaban la costa, y Soren, con unos ojos de cachorro inocente, me había preguntado dónde podía alquilar un ala delta. Mientras levantaba la mesa recordando algunas frases extravagantes o elusivas, ciertos gestos ambiguos que demasiado tarde logré descifrar, los descubrí cuidadosamente apilados bajo el plato de Soren y maldije al danés. Sin duda había aprovechado el momento en que yo había ido a la caja para cobrarles el almuerzo. Los billetes bajo el plato equivalían a medio mes de salario nominal, y me resigné a guardarlos bajo la condena silenciosa de los dos cocineros.

5

Cuando al día siguiente les conté a los hermanos Sastre, su reacción no me sorprendió.

—¿Qué te puede ofender un buen dinero? —preguntó Pedro cruzándose de brazos del otro lado del mostrador—. Es como una propina después de todo ¿no?

—El pintor se está poniendo delicado —bromeó Joaquín mientras se balanceaba nerviosamente en el taburete—. Si quieres yo te guardo el dinero. Hace tres días que no podemos pescar, no nos vendría nada mal.

Seguían sin trabajo a causa de la tormenta tropical, intentando sin éxito cobrar deudas viejas a comercios de la zona. Habían pasado por el restaurante ese mediodía para matar el aburrimiento, y como de la contabilidad se encargaba Delaunay, intratable y lejano con cualquier proveedor, sólo atiné a ofrecerles cerveza de presión gratis, calculando que el francés no podría detectar dos jarras no cobradas. Tampoco sabría que uno de los cocineros no se había presentado ese día, o que el otro roncaba sonoramente en la cocina. Por las ventanas del local se apreciaba el monótono cielo gris, la playa como un terreno inhóspito y abandonado.

—Le dije explícitamente al danés que no quería dinero.

—¿Y qué vas a hacer? —Joaquín aceptó gustoso la jarra de cerveza—. ¿Devolvérselo?

Curiosamente, no detecté rastros de ironía en su pregunta. Midiéndolo un instante, viendo cómo los tragos de cerveza le iluminaban la cara amarga, me pregunté si no era su manera de pedirme el dinero, y lo que había creído una broma no encubría un manotón desesperado.

—No sé todavía —mentí—. Soren llamó hoy de mañana al restaurante. Quedamos en vernos a la tarde, quieren ir a conocer los acantilados.

—¿Con este viento? —preguntó Pedro.

Inquieto, odiando la tormenta, sin alcanzar a comprenderlo yo tampoco, me encogí de hombros y persistimos en las mismas historias del balneario, la misma cosmogonía borrosa y sin importancia. De pronto los Sastre me contaron que en la noche anterior a una inglesa que se paseaba con un paraguas por la costanera la había alcanzado un rayo; no había muerto de milagro.

—No te vaya a caer uno encima a ti —dijo Joaquín—. Pero si te pasa algo, te prometo que cuidaremos del dinero del danés.

Pese a la ironía, ocultaba su temor detrás de la falsa sonrisa, de sus músculos tensos, de esa manera forzadamente viril de vaciar la jarra. En ese balneario de lagartos a nadie más que a ellos podía llamar amigos. Les serví dos cervezas más y charlamos sobre la excentricidad de los daneses, el curioso destino elegido, la fábrica en decadencia, las tantas caras de la negación y el olvido, hasta que me convencí de que no vendría nadie a comer. Desperté al cocinero y cerré el restaurante, dudando si lo abriría de nuevo por la noche.

Nos encontramos en el vestíbulo del hotel Tropical, rebosante de lagartos pálidos que leían el periódico de su país aplastados en sillones Louis XV, bebiendo café o whisky, maldiciendo ese día también gris que sin duda los hacía sentirse más cerca de la muerte. De poco les serviría informarse sobre las últimas fluctuaciones bursátiles, los vaivenes migratorios en su país ya remoto, la nueva moda o descubrimiento sorprendente: estaban —sabían que estaban— condenados.

Los daneses bajaron al cabo de diez minutos. Mientras Lita me dirigía un saludo insulso, Soren me alcanzó un impermeable.

—Es mío —dijo—, espero que no lo tome a mal. Le va a servir para cortar el viento.

Observé la marca sin sorpresa y supe, antes de probármelo, que me quedaría por lo menos dos talles más grande. Busqué en la mirada de Soren algo que pudiera explicar el malhumor de Lita y la exagerada propina del día anterior pero el danés, multiplicando gestos con sus manos pálidas, sólo hablaba de la Ruta del viento. Tras la puerta de vidrio del hotel Tropical nos esperaba un silencio infrecuente, rasgado apenas por el silbido del viento y el latigazo esporádico de los truenos. Mientras bajábamos la escalinata del hotel, Lita me dijo con su acento sensual y parejo:

—Soren lo alquiló especialmente para ir hasta allí —su voz era de fastidio—. Espero que el paseo valga la pena.

Soren abrió el cofre del BMW deportivo y guardó un bolso.

—¿Es lo que imagino? —le pregunté señalando el bulto largo y aplanado en la baca.

—Si imagina un ala delta está en lo cierto —respondió sonriendo orgulloso, inflando el pecho como un gallo que se sabe único—. La mejor calidad que pude conseguir en el balneario.

Soportando resignado la garúa, dudando de su sinceridad, de esa posible inconsciencia de alguien innegablemente inteligente, reprimí el comentario trivial: si se lanzaba en ala delta de los acantilados en un día así era un suicida. Lita lo observaba impasible, hermosa, como si no alcanzara a comprender el peligro.

—Ayer le cayó un rayo a una señora —dije levantando la vista; los relámpagos nacían como várices en el cielo e iluminaban la costa con una furia apagada.

—¿Tiene miedo? —No comprendí si la pregunta de Lita era socarrona o la traicionaba el acento.

—¡Cómo va a tener miedo! —Soren me palmeaba el hombro, condescendiente y seguro, acaso teniendo la certeza de que yo nunca querría devolverle su propina indecente.

Imaginé su cuerpo desmembrado en las rocas, el ala delta hecho añicos; intenté en vano adivinar la reacción de Lita, el llanto, la desesperación o el alivio repentino, todo me parecía igualmente probable. Lo vi de nuevo al danés hecho una mancha doscientos metros más abajo; sentí, no sin vergüenza, que no me desagradaba la idea.

Media hora más tarde, ya al pie de la Ruta del viento, me dije que si el danés maniobraba el ala delta como había conducido el deportivo su muerte era una certeza. Descendimos de coche, Lita monótona y dócil como un niño resignado, y vi a Soren dar unos golpes suaves con la mano sobre el cobertor que protegía el ala delta. Dudó, calculando la diferencia entre su hombría imaginada y la real, entre lo que les contaría a sus amigos en la lejana Dinamarca y lo que estaba dispuesto a arriesgar, y de pronto pareció abandonar la idea y se decidió a seguirnos. Caminamos los tres en dirección del acantilado, resbalando por momentos en el pasto salpicado de barro, hundiendo el cuerpo contra la llovizna y el viento. Bastaba acercarse al borde para distinguir a lo lejos los kilómetros de roca oscura cortada brutalmente. Las olas arremetían furiosas doscientos metros más abajo; reventaban contra la piedra, dejando mantos de espuma sobre las rocas que a esa distancia se empequeñecían infantilmente. La costa escarpada continuaba hacia el Este, donde de pronto, tras una curva, se dibujaba el balneario como una lengua gris.

—Qué bonitos —dijo Lita, señalando los farallones que salpicaban las aguas costeras; el viento le entrecerraba los ojos—. Se puede respirar aquí, no como en el hotel. Tendríamos que haber venido mucho antes, Soren. Y mira aquello. ¿Es lo que pienso?

—¿Son islas? —me preguntó Soren.

—El archipiélago de lobos —respondí—. Si en lo que piensa es en la Isla Negra desde ya le digo que no. Son islotes despoblados, salvo por unos pocos lobos marinos.

—¿Pocos?

—Los pescadores los cazaban convencidos de que los lobos se comían los peces de la zona. Don Jerónimo, el padre de los Sastre, dos pescadores amigos, fue de los últimos cazadores de lobos. Conoce muy bien los islotes, que de archipiélago tienen poco.

Decepcionada, Lita se había adelantado unos metros, inspeccionando el horizonte uniforme en una búsqueda sin sentido. Muchos turistas acceden a la naturaleza con más exigencias que expectativas, como quien va al circo del pueblo o a retirar dinero al banco; exigencias de resultados, de espectáculo, de ser arrancado completamente de la chatura cotidiana por el espacio de unas horas. La dejé alejarse todavía unos metros más y encaré al danés.

—Le dije explícitamente que no quería dinero —me esforcé por contener la rabia—. Les propuse mostrarles el balneario por simpatía, no buscaba otra cosa.

Soren me observó afable, fingiendo sorpresa, reprimiendo la sonrisa burlona ante mi falso desinterés.

—Es una propina —dijo luego—. No lo tome así. No le estoy pagando por la excursión. No hubo clientes, no tuvo propinas, hay días que más vale olvidarlos. Véalo como una compensación. Me gusta encontrar equilibrios.

Lo deje mentir un poco más, resignándome a mi verdadera situación: aunque hubiese querido ya no podía devolvérselo; el día anterior había pagado el mes de alquiler pendiente y el resto lo gasté en provisiones. Lita seguía bordeando el acantilado, absorta, inalcanzable; había aumentado la distancia, o nosotros, exagerando orgullos, midiéndonos como dos machos cabríos bajo la garúa pareja, la habíamos dejado irse. El impermeable transparente dejaba apreciar el pantalón ajustado a su cuerpo.

—Le dije explícitamente —repetí.

—Jairo, no me va a regatear un gesto que tuve con la mejor intención —Soren hizo una pausa cuando comprendió que yo estaba mirando a su mujer; me pareció que disfrutaba haberme sorprendido—. Considérelo una prueba de amistad —sonrió sin poder evitar la ironía esta vez—. Pero si lo alivia devolverme el dinero, tampoco es un problema. Puede dejarlo más tarde en la guantera del coche. No es un pedido, preferiría que lo conserve.

La sonrisa del danés, altanera y paternalista, volvió a fijarse en su cara de cuarentón no asumido. Del borde del acantilado nos separaban dos o tres metros. Miré en dirección de Lita sólo para comprobar que nos daba la espalda, pensando que un accidente allí no era infrecuente, sobre todo en un día como ése; soplaba tanto viento que hasta la explicación más tonta resultaría creíble.

De golpe la voz de Lita nos llegó deshilachada por el rumor del viento; extendía la mano en dirección de la costa. Nos acercamos a ella hasta oír la pregunta.

—¿Aquella no será la Isla Negra?

—Bueno —dijo Soren—, está cubierta de rocas negras. Es por eso que deben de llamarla así. ¿No es cierto, Jairo?

—No lo sé —mentí, sin encontrar el valor para hablarles de la peste negra, seguro de que le arruinaría la ilusión a Lita—. Hay muchas leyendas sobre la isla. En todo caso ese es un islote más. Más allá —señalé con un brazo que temblaba por el viento— sigue un largo racimo de islotes. Intenten contarlos: no podrán.

—Pensé que… —El Danés entrecerraba los ojos, intentando ver algo más allá de la bruma lejana—. Con tanta roca negra…

—La llaman así por la peste negra —corrigió Lita—. Me extraña que usted no lo sepa, Jairo. Supuestamente enviaban a los enfermos de la peste a la isla. Tonterías, por supuesto —por primera vez sonrió, tal vez con malicia, estirando el cuerpo involuntariamente hasta ponerse en puntas de pie—. Tonterías para ocultar lo evidente: en la isla hay un tesoro escondido.

Explotó en una risa luminosa, forzando tal vez la alegría, y volvió a adelantarse unos metros; tuve la impresión de que lo hacía a propósito para dejarnos a solas.

—¿Hace mucho que conoce a Delaunay? —preguntó Soren con una indiferencia que me pareció fingida—. Tiene cara de pagar una miseria. A gente así se la reconoce enseguida. No tienen sentido para los negocios, sólo conocen el corto plazo.

Respondí ambiguamente, evitando dar información que pudiese delatar mi frágil situación legal en el país.

—¿Y es cierto que la familia Marrero es dueña del hotel Tropical desde hace más de un siglo? —Pese a ser más joven que él me costaba seguirle el paso—. El hotel no es malo pero los empleados no tienen ninguna motivación. El balneario, en realidad; le sobra potencial pero por algún motivo está apagado. Es cierto que pasó la crisis pero hay algo más que no alcanzo a comprender todavía. La semana pasada desde el parapente me sorprendió la cantidad de campos de golf abandonados.

Lo escuché discurrir sobre la geografía del balneario, sobre apellidos y pasados gloriosos, y me dije que no se había subido a aquel parapente por ocio o por el desafío de quien ha pasado los cuarenta y comienza a temer por su virilidad. Reprimiendo mi asombro, ignorando cómo podía conocer tantos nombres precisos en tan sólo unas semanas, noté su preocupación por desentrañar los mecanismos del balneario. Lo miré un segundo, elegante aún bajo el impermeable gris, trazando conexiones y causalidades entre datos dispersos, y me dije que tal vez fuese simple curiosidad u orgullo. Hay personas que se consumen estableciendo cartografías, atribuyendo roles y destinos merecidos, no por amor al juego o disfrute intelectual sino para dejar constancia pública del lugar que ellos ocupan, de su propia importancia.

Todavía estaba explicándole sobre la familia Marrero, sobre la fortuna de origen desconocido, sobre el hijo negado por jugador y adicto, sospechoso principal del tráfico de drogas en el balneario, cuando Soren me interrumpió abruptamente.

—¿Sabe conducir, verdad? —Miró fugazmente a Lita, siempre lejana, soñando en su burbuja, de buen humor ahora en la contemplación de la costa lluviosa.

—No le entiendo.

—El coche —Me extendía las llaves; comprendí que no había sido una pregunta—. Apenas llovizna. Voy a buscar el ala delta. Tenga. Nos encontramos en la playa principal. No debería llevarme más de media hora.

Ladeé la cabeza, inquieto y confundido, observando sus dientes filosos, los ojos de águila de pronto febriles, hasta que me resolví a preguntarle lo evidente.

—¿Usted está loco?

El danés rió estentóreamente, palmeándome el hombro mientras insistía en darme la llave del deportivo.

—¿Está prohibido tirarse desde aquí? —preguntó, señalando en dirección del acantilado.

Lita nos observaba ahora; recordé las noches que había soñado con ella, que la había imaginado dibujada en el galeón o desnuda en mi cama, deseando que aceptaran recorrer el balneario conmigo.

—Prohibido no está —respondí confundido—, pero no parece sensato. Usted es libre, por supuesto. Y sé conducir, sí, aunque hace años que no me subo a un coche.

Lita se acercó a nosotros; tiritaba, dichosa y encogida bajo la llovizna, vencida por las rachas de viento, frotándose las manos en esa tarde inverosímil.

—Tengo frío, Soren —dijo—. Volvamos, por favor. ¿Qué haces con esa llave? ¿Vas a regalarle el coche a Jairo?

Soren festejó su comentario con una sonrisa plena, dudó unos segundos mientras contemplaba el acantilado y el mar sin horizonte, y luego guardó la llave; ya no la amaba pero se esforzaba por ocultarlo, y pensé entonces que eso también era una forma de amor.

Durante el regreso, en el asiento trasero del coche, respondí lacónicamente cada comentario o pregunta. El danés era consciente de que yo deseaba a su mujer. Me observaba de vez en cuando por el espejo retrovisor, satisfecho, como desde otro mundo. Tal vez el dinero le diera la fuerza suficiente como para sobrevalorar su propia capacidad. Tal vez tuviese la certeza del respeto que sólo se gana defendiendo lo que es propio. O tal vez estuviese condenadamente loco. No me avergüenza decir ahora que ya entonces me daba igual. Pero no soportaba la idea de que no me hubiese preocupado su posible accidente. Tendría que haberle dicho que no podía tirarse, impedírselo de alguna manera, agotarme en argumentos o sacudirlo de los hombros hasta que entrase en razón.

Tal como les pedí, me dejaron en el restaurante y me despedí con idéntico laconismo. Fue esa misma tarde, luego de malgastar horas intentando comprender lo que motivaba realmente a Lita, que comencé a pensar que tal vez no fuese una buena idea frecuentarlos.

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