Confesiones de un joven novelista. Umberto Eco

 

 

Siempre el mismo placer al leer a Eco. Muchas de las reflexiones de este largo ensayo ya fueron evocadas en libros como Apocalípticos o integrados o El superhombre de masas. Otras, en el acuerdo o no, valen la leída.

Rescato dos cosas en particular. La primera es su noción de rigor. Eco cuenta, por ejemplo, cómo pasó varias noches deambulando de madrugada por París, con una grabadora de bolsillo, para poder relatar, en El péndulo de Foucault, el paseo nocturno que lleva a Casaubon desde el Conservatoire hasta la Place des Vosges. Eco tiene razón: son cosas necesarias. No para el lector sino para quien escribe. Para el lector resultará transparente, pero el esfuerzo vale la pena porque hará la diferencia. A veces es necesario un mes de investigación para poder escribir cuatro mil palabras que relatan el triste destino de una niña soldado en Burundi. Me consta haber ido hasta el Parc Montsouris más de una vez para contar los escalones que llevan desde la entrada sur hasta la ruta que va al lago. Se me ocurren gestos necesarios cuando lo que se pretende es algo más que escribir sobre lo que se ve a través de la ventana o ejecutar un pastiche nocturno y bonachón (e.g. una novela sobre marcianos que invaden la tierra pero que en realidad son vampiros a la búsqueda del Santo Grial que, como se sabe, fue robado por Dan Brown).

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Théo, sus preguntas

¿Por qué las naranjas son también de color naranja?

¿Por qué no hay manzanas azules?

¿Por qué el queso brie se ponió (sic) feo?

¿Por qué no me puedo poner el zapato al revés como en el mundo del revés?

¿Qué tengo adentro de la mano, abajo de la piel?

¿Los pollos también tienen piel, no?

¿Por qué no me puedo comer el vaso?
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Juegos de gallinas, lobos e indígenas

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Semanas atrás, en una playa perdida del suroeste francés, mi hijo y yo buscábamos cualquier excusa para sobrellevar el fin de las vacaciones. Toboganes, moluscos en la orilla, una avioneta acuatizando en la tarde, cotidianas que a su edad significan un descubrimiento mayor, y de pronto, en un pastizal lindante, nos topamos con decenas de niños en plena actividad recreativa.

Los animadores habían separado a los niños en tres grupos que formaban un triángulo generoso. En el centro, a los gritos, una animadora aguijoneaba a cada equipo.

–¡Equipo de las gallinaaaaas! ¿¡Están listoooos!?

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Hebe Uhart y Siberia blues, de Néstor Sánchez

Un amigo escritor me envió hace un tiempo esta apreciación de Hebe Uhart:

“No debemos engolosinarnos con las palabras, ni con los adjetivos redundantes, ni con las frases importantes. Al escribir no hay que quedarse en un concepto, hay que quedarse a unos pasos del concepto, un poco antes, sin llegar a él. Hay que darse tiempo y no cerrar. Ahí, en ese lugar antes del concepto, está la literatura, lo que nos hace ver, lo que abre ventanas. Ahí y no en la frase conclusa, inteligente, pedante. Hay que desconfiar de las frases hechas, de los lugares comunes y de los conceptos terminados.”

Desde entonces cada tanto recuerdo la apreciación de Uhart y pienso en este fragmento de la novela Siberia blues, de Néstor Sánchez: Sigue leyendo