Théo, sus preguntas

¿Por qué las naranjas son también de color naranja?

¿Por qué no hay manzanas azules?

¿Por qué el queso brie se ponió (sic) feo?

¿Por qué no me puedo poner el zapato al revés como en el mundo del revés?

¿Qué tengo adentro de la mano, abajo de la piel?

¿Los pollos también tienen piel, no?

¿Por qué no me puedo comer el vaso?
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Juegos de gallinas, lobos e indígenas

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Semanas atrás, en una playa perdida del suroeste francés, mi hijo y yo buscábamos cualquier excusa para sobrellevar el fin de las vacaciones. Toboganes, moluscos en la orilla, una avioneta acuatizando en la tarde, cotidianas que a su edad significan un descubrimiento mayor, y de pronto, en un pastizal lindante, nos topamos con decenas de niños en plena actividad recreativa.

Los animadores habían separado a los niños en tres grupos que formaban un triángulo generoso. En el centro, a los gritos, una animadora aguijoneaba a cada equipo.

–¡Equipo de las gallinaaaaas! ¿¡Están listoooos!?

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Hebe Uhart y Siberia blues, de Néstor Sánchez

Un amigo escritor me envió hace un tiempo esta apreciación de Hebe Uhart:

“No debemos engolosinarnos con las palabras, ni con los adjetivos redundantes, ni con las frases importantes. Al escribir no hay que quedarse en un concepto, hay que quedarse a unos pasos del concepto, un poco antes, sin llegar a él. Hay que darse tiempo y no cerrar. Ahí, en ese lugar antes del concepto, está la literatura, lo que nos hace ver, lo que abre ventanas. Ahí y no en la frase conclusa, inteligente, pedante. Hay que desconfiar de las frases hechas, de los lugares comunes y de los conceptos terminados.”

Desde entonces cada tanto recuerdo la apreciación de Uhart y pienso en este fragmento de la novela Siberia blues, de Néstor Sánchez: Sigue leyendo

Recordándote

modelismo navalLlueve y está húmedo. París también es esto, días muertos, cielo gris, una isla llena de sombras. Sombras que hurgan los cubos de basura, que temen el terrorismo en transportes públicos y lugares turísticos, que sufren la represión salvaje de una policía sin escrúpulos ni gloria.

No son dos ni tres, son cientos de miles hinchando la Place de la République o pidiendo en mercados y panaderías, incapaces de ir a votar por una élite de confeti y fingidos golpes en el pecho, sin trabajo, sin futuro, los ojos en el vacío de un país que todavía no es bananero pero ya huele a caribe y bachata, a moralismo infantil, a todas las señales de un declinar brusco e irreversible.

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