Para poder criticar a Charlie Hebdo…

Hace falta haberlo leído, por supuesto. Asisto desconcertado al gran baile de expertos de opinión que, sin el menor rigor básico, sin la menor honestidad intelectual que impone cualquier análisis, se lanzan a criticar a Charlie Hebdo sin haberlo leído. El ejercicio consiste en juzgar cuarenta y cinco años de semanario en base a tres o cuatro caricaturas interpretadas fuera de contexto. El ejercicio es fácil, cómodo y moralista, presumiblemente eficaz en términos editoriales, pero plantea un problema: se trata también de repetir los argumentos falaces de la extrema derecha francesa y de los grupos extremistas religiosos. Y lo peor de todo: es realizado muchas veces por gente de buena fe que se sitúa en las antípodas de los Le Pen, de los Boutin, de ese sector de la humanidad convencido de que es legítimo degollar al infiel o lapidar en plaza pública a la mujer adúltera.

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Adiós, Charlie. Adiós, Charb.

Hommage-a-CharlieParís, centro comercial Italie 2. Para poder ingresar al parking debo, por primera vez en años, mostrar el contenido del baúl del auto. Mientras el hombre descubre sin asombro un coche de bebé, varias bolsas para congelados, el extintor, calculo la distancia que nos separa de la Porte de Vincennes, donde un iluminado sin muchas luces entró ayer a un comercio casher a vengarse de algo perfectamente confuso. Veinte minutos máximo. El vigilante anota algo en su planilla —la matrícula, sin duda—, le agradezco, me agradece con un gesto. No es la primera vez que veo el plan Vigipirate en paranoia máxima. En setiembre de 2001 estaba aquí como pasante. Ya vivía en Francia cuando el 11M o los atentados de Londres en 2005. No es la primera vez pero me toca como nunca.

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